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Revelaciones

Revelaciones
Enviado por Ignacio

Gijón 20/8/2017 H: 22:00 / Duración grabación de la 01:58

Mi nombre es Lucas Álvarez Mayado y voy a dejar constancia en estas grabaciones de todo lo que me ocurra a partir de ahora. Son las diez de la noche, acabo de salir de la casa de mi made en Gijón. He ido a su casa porque me dejó un mensaje en el contestador de mi móvil diciéndome: “Ven a casa, tenemos que hablar, es muy importante”.

Al llegar a su casa encontré una nota en papel sucio al lado de un cenicero cubierto de colillas. En la nota traía escrito: “He salido”. Pero la letra no es de mi madre. A los dos minutos de llegar me llama un número oculto. Era mi padre, hacía 20 años que no sabía nada de él. Me dice: “Ya sabes quién soy, ni se te ocurra llamar a la policía (dicho esto oigo los sollozos de dos mujeres, sus voces son las de mi madre Laura y mi esposa Inés, él sigue hablando) un día te dije que ojala algún día sintieras todo el dolor que tu madre y tú me habéis causado, pues bien, hoy es ese día ¿Recuerdas Villa Pedrosa? Seguro que sí. Aquí te esperamos, no tardes en llagar a la reunión familiar”. Villa Pedrosa es el pueblo donde solía veranear cuando era pequeño. Ahora estoy en el coche y me dirijo hacia allí. Cuando llegue volveré a grabar. Si me ocurriera algo espero que estas grabaciones lleguen a alguien. Iré guardando cada audio en un archivo digital online. Estoy muy nervioso…no sé que me encontraré allí.

Alrededores de Villa Pedrosa 20/8/2017 H: 23:35 / Duración de la grabación 00:45

Acabo de llegar a Villa Pedrosa. Hacía casi 30 años que no venía hasta aquí. El pueblo está completamente abandonado. Está todo comido por los árboles y la hierba, aunque parece que los árboles y toda la vegetación están podridos. Todo apesta. No he podido seguir en coche. Tendré que ir andando a partir de aquí. Recuerdo que la casa de mis abuelos está al final de la calle principal con una valla que rodea todo el terreno hasta la orilla del río.

Villa Pedrosa 20/8/2017 H: 23:55 / Duración de la grabación 00:40

Tengo que hablar muy bajo. Cuando llegué hasta la valla casi vomito y perdí tiempo en reponerme. La valla está oxidada y cubierta por bolsas de plástico con trozos de cosas dentro chorreando sangre. El olor es insoportable. El prado está lleno de cercos con formas extrañas hechas con lo que parecen ser barras de metal y huesos de animales. Vi salir del cobertizo del terreno de arriba a mi padre…casi no lo reconozco. Llevaba con él una bolsa como las de la valla, luego se fue hacia la parte de abajo que da al río. Ahora estoy en el garaje, intentaré entrar desde aquí a la casa.

Villa Pedrosa 21/8/2017 H: 01:30/ Duración de la grabación 01:00

Entré en la casa por la puerta del garaje que da al pasillo de la casa. Escuché ruido en el desván así que fui a la salita que es desde donde se puede acceder con una escalera plegable. Subí y me encontré…me encontré a mi madre en el suelo con los ojos quemados y el vientre cubierto por una sutura enorme. Inés estaba a su lado conmocionada, llena de moratones y herida en el tobillo derecho con marcas de mordedura. Me acerqué a mi madre, aunque ya lo sabía comprobé el pulso, estaba muerta. Oímos pasos en el salón y escuché a mi padre reírse y gritando “Feliz, familia feliz, ¡Me encanta todo esto!”. Ayudé a Inés para que saliera por la ventana que da al tejado. Cuando iba a salir yo, vi la cabeza de mi padre apareciendo por la trampilla, pero enseguida salí al tejado y cerré la ventana. Bajamos por el tejado del garaje y de ahí al suelo. Íbamos a salir por la puerta de la valla, pero mi padre salió por la puerta que comunica el pasillo con el garaje. Bajamos todo lo deprisa que pudimos al cobertizo de abajo en el río. Hay herramientas, cosas viejas que podemos usar, creo, para defendernos.

Río de Villa Pedrosa 21/8/2017 H: 01:45/ Duración de la grabación 01:45

Hace 5 minutos, no sé cómo decir esto…apareció mi madre de pie, frente a la puerta, con las mismas heridas, pero de pie. Nos atacó, no entiendo por qué, ni cómo, por suerte Inés reaccionó más rápido que yo y…y le clavó una vara de hierra en el pecho. Su cuerpo está aquí con nosotros en el cobertizo. Fuera mi padre se pasea, dando vueltas y silbando. Creo que usaremos el hacha de cortar leña.

Río de Villa Pedrosa 21/8/2017 H: 02:15/ Duración de la grabación 01:25

Salimos fuera, Inés y yo. Él nos vio. Vino sonriendo. Atravesé su estómago con la vara de hierro. No le paró y siguió avanzando. Logró morderme el hombro, no es una herida profunda, pero no me encuentro bien. Inés le dio con el hacha en la cabeza. Él no se inmutó. Con la vara atravesada, y el hacha en la cabeza, se tiró al río y se dejó llevar por la corriente. Inés se desmayó. La herida de su tobillo no huele nada bien, y yo apenas puedo moverme, solo necesito descansar…descansar 5 minutos. Espero que alguien escuche esto.

Subiendo archivos…

Carga fallida…

Batería agotada…

Apagando el sistema…

El espejo

EL ESPEJO (Terror Psicológico)

Autor: Josué Gaito Rosenberger

¿Quién era él? ¿Cuál era la razón de su existir? ¿Qué era lo que deseaba realmente? ¿Qué es lo que piensa al mirarme así?… Eran preguntas que siempre rondaban mi enmarañada mente junto con muchas otras más, a las cuales jamás pude encontrar una respuesta perfecta, para encajar en tal complejo rompecabezas de cuestionamientos existenciales.

Todo se encontraba en mi psiquis, pero a su vez aquella serie de interrogantes inconclusos se veía reflejado también en el otro sujeto, aquel que habita paralelamente en mi reflejo, en cada pequeño o gran espejo independientemente de su antigüedad o lugar que ocupe en el espacio, cada vez que veo hacia una superficie de agua u objetos en mi entorno, donde también parece poder pertenecer y observarme.

Siempre está ahí o allá, donde quiera que vaya..no puedo librarme de él ni de su aterradora mirada, que se filtra por entre medio de mis más profundos niveles de consciencia y subconsciencia, alterando la manera de percibir mi mundo….o nuestro mundo. Hay veces que quisiera indagarlo y así resolver el gran misterio que me mantiene prisionero de un extraño yo..aquel que vive en el espejo, aquel que siendo yo no lo es para mi, de aquel cuyas maquinaciones me producen escalofríos en cada contacto visual, sincronizado tras cada parpadeo de ambos.¿Qué es lo que hace cuando no lo estoy viendo? ¿O cuando el no me está viendo? ¿A dónde va? O lo aún más escencial…¿A dónde voy cuando no me está viendo?.Será que ambos pertenecemos y somos dueños de nuestro otro yo..que somos parte de nuestro reflejo, y cada uno en necesario para el otro…

Estando frente a frente creo que está tramando algo, a cada instante, no puedo darle la espalda, ni pensar mi próximo movimiento. Esto tiene que acabar, tengo que encontrar una solución a este laberinto de opciones e interconexiones de posibilidades no resueltas..ya no hay salida más que el hecho irrefutable de que la supervivencia de uno de los dos, es imperativa para poder continuar con lo que sea que deba ser.

¿Pero cómo adelantarme a lo que está por venir? ¿Cómo pensar sin que él piense lo mismo? ¿De qué manera actuar sin que actúe de idéntica forma a mi?¿O es acaso qué yo obro en consecuencia de sus decisiones y acciones? ¿Quién es dueño del otro y de sus propios pensamientos?.

Trato de observarme, o observarnos, desde afuera, una tercera persona, y imaginarme sin el otro..¿Cuáles son mis sueños y aspiraciones futuras? ¿Tengo otra vida además del ahora?. Las respuestas tampoco venían a mi, de ninguna manera..no hay forma posible para explicar tan anormal y desesperante situación real…o irreal.

Ya nada es lo que parece ser, no sé si existo en algún universo físico o soy solo parte de un sueño sin despertar de mi otro ser. Un infinito caos invade mi alma, con la incertidumbre de no saber quién va a desaparecer de los dos.

Mi reflejo continúa llevándome hacia los más recónditos rincones de mi yo interno, no sé que sucederá a cada segundo posterior a este. ¿Quién acabará con quién?. Busco pero no encuentro la respuesta al acertijo, y no hay manera de comprobar si mi contraparte está en el mismo nivel de razonamiento en el que estoy actualmente.

Resolví causarle dolor a costo del mío, tomé la hoja de una cuchilla para afeitar y comencé a escarbar lentamente en mi piel para insertarla, fui levantando poco a poco la piel en mi mejilla incrustando pausadamente el afilado objeto. Grité(gritamos) en medio de llanto y sufrimiento, pero debía (debíamos) continuar, la sangre brotaba de manera descendente a través de nuestros rostros, nuestras miradas continuaban fijas en el otro en todo momento, sintiendo en carne propia un horripilante sentimiento de terror que nos helaba la respiración. Diminutas y gélidas gotas de sudor recorrían nuestros cuerpos, naciendo desde la base del cuero cabelludo, dando una tortuosa sensación de que comenzabamos a congelarnos aceleradamente.

Los corazones parecían pausarce intermitentemente uno con el del otro a la vez, produciendo una tétrica melodía reverberando en cada límite de nuestras extremidades óseas, las mismas vibraciones sonoras, acopladas al unísono, escuchándose más y más fuerte cada vez…Era más difícil de padecerlo con el correr del tiempo, penetrando con el mencionado objeto punsante, en sus pieles, a una creciente profundidad.

¡Ahhhhhhhhh! Exclamaron en expresión de tanto suplicio. Y sin siquiera procesar la idea en su intelecto, cogió otra cuchilla y la clavó dentro de sus pupilas, justo en el centro…Y en medio de un mar de llanto y gemidos de aflicción, ambos golpearon fuertemente al otro de un puñetazo, destrozando el espejo en su totalidad. Todo desapareció tras ese suceso, yo desaparecía junto con la tenue luz que se degradaba segundo a segundo, sólo quedó penumbra, oscuridad y la nada absoluta..y en mi ser, o la ausencia del mismo, una última pregunta surgió de aquel vacío incomprensible…¿Cuál es mi nombre? Por primera y última vez conocía la respuesta a aquel interrogante…aquel que soy y siempre fui, mi única forma de existencia, si se le pudiera llamar así….tan solo un reflejo. FIN.

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Prisionero

PRISIONERO (Terror Psicológico)

Autor: Josué Gaito Rosenberger

El lugar donde me encontraba no tenía semejanza con nada conocido, no parecía haber ninguna pequeña entrada de luz ni nada similar, pero aún así se podía ver, paradojicamente; en medio de tanta oscuridad. Una abundante húmedad estaba siempre presente allí, en la cavernosa estructura de todo el espacio a mi alrededor, en el escaso aire y en mi desnuda y desgastada piel. Un nauseabundo, aceitoso líquido similar al alquitrán alcanzaba la altura de mis rodillas, esto producía una sensación de frío intensa que subía hasta mi pecho y que era molesta de soportar. El espacio era muy reducido, sólo había una muy pequeña distancia entre mi cuerpo, las paredes y el techo, los cuales aparentaban ser seres vivientes, más que estar compuestos por algún material o combinación de los mismos en particular. Poseían un característico movimiento cuál si fuera producido por algún tipo de respiración.

Una asquerosa mucosidad los recubría completamente, esta sustancia era escurrida a través de ellas, como si transpiraran….con sinceridad debo admitir que me causaba náuseas, al menos al comienzo, que por cierto no es algo que pueda recordar con exactitud en este momento.

Es difícil decir apróximadamente el tiempo que llevo aquí en este solitario sitio, he perdido completamente la noción del mismo. Segundos, minutos, horas ,días, semanas, meses o años…mi percepción sobre ellos ha sido progresivamente diluída hasta la nada absoluta. Un instante pareciera ser una década en mi vida, o como pueda llamarle a esta miserable y patética forma de subsistencia. Solía alimentarme de unas peculiares y rojizas escamas, de procedencia misteriosa, consistencia viscosa y un emblemático sabor amargo y repulsivo, aún así eran bien recibidas debido a mi incesante hambruna, pero para mi desgracia son muy escasas y virtualmente imposibles de hayar. En algunas zonas la densidad del fluido que corría por el lugar era menor, así que lo bebía para saciar mi también inmensa sed, por lo cuál cubría parcialmente mis necesidades más básicas y primitivas, para sobrevivir.

Uno de mis más grandes temores, los que me mantenían incesantemente alerta, con la mirada puesta en todas direcciones a la vez, y de los que producían dolores en mi estómago por tanto estrés causado; eran en principio unos horripilantes e infecciosos gusanos carnívoros.

Estas abominaciones antinaturales se manifestaban de improvisto, en impresionantes enjambres, de incontables cantidades de los mismos. Se desplazaban por sobre la superficie de alquitrán, rápidamente, hambrientos de mi carne y sedientos de mi sangre. En varias ocasiones no he sido lo suficientemente rápido en mi reacción al percibirlos, causándome consecuencias irreparables. Como lo fué la perdida completa de mi brazo derecho, este fuera devorado en un santiamén por aquellas criaturas despreciables, mi extremidad arrancada de mi fué, en tan solo fracciones de segundo. El sufrimiento era muy por encima de mi umbral de tolerancia al dolor, se asemejaba a miles de navajas afiladas, cortando centímetro a centímetro cada nervio, y fibra muscular en mi brazo. Lo que hasta este momento ha provocado el imparable avance de una infección necrótica, naciente en mi hombro, y ramificada hasta la parte superior de mi torso, como unas oscuras y enredadas raíces.

Hay veces en que los muros comienzan a contraerse, reduciendo significativamente el espacio que permite desplazarme. Provocando una brusca subida del nivel de tan pesado líquido que circula por todo el suelo, dejando tan solo mi cabeza por sobre él. Se volvía dificultoso mi andar en estas circunstancias, pero debía continuar, tal vez sin ningún motivo o esperanza alguna sobre nada, tan solo seguir en movimiento, seguir vivo.

No tenía presente en mi memoria la última vez que pude descansar en este lugar, mi nivel de fatiga era total y abarcaba cada músculo y articulación, pero no sentía sueño, la falta de el mismo me decía que algo andaba muy mal en mi. Todo era un continuo ciclo que comenzaba y concluía en el presente. El pasado y el futuro iban perdiendo su valor a cada paso que daba.

Continuaba sin rumbo, sin dirección, sin un destino aparente, sin ningún punto de referencia en este laberíntico calabozo. Era como si girara en círculos, siendo que tampoco recuerdo haber visto ningún lugar dos veces, por lo que no puedo estar seguro sobre nada con cierto grado de certeza. Los colores que puedo apreciar varían según el tiempo, desde bordó claro a un negro carbón en las paredes a mi alrededor, ninguno me gusta en especial, he llegado a ignorar todo completamente. Desearía poder imaginar alguna forma de transcender, tener por lo menos una meta o aspiraciones futuras…aunque a este punto he perdido la capacidad de soñar.

En mis oídos un agudo y fastidioso pitido podía escucharse a cada momento, mi audición se iba deteriorando a un ritmo más veloz de lo que quisiera, pero este hecho no evitaba que aún captara un distante estrépito que sonaba como una enorme y feroz bestia, lista para devorarme. Este era de hecho mi mayor manifestación posible de terror, me producía una total parálisis del sólo pensarlo. Sólo podía oirla, no así mismo verla, al menos era lo que había podido percibir, pero a veces a modo de rápidas y cambiantes imágenes mentales, podía ver como mi perseguidor incansable, lograba atraparme y destrozarme por completo, arrancando cada pedazo de carne de mis huesos. Aunque puedo, en breves y delirantes reflexiones, llegar a desear ese momento que temía, ya que la muerte sería una bendición en mi condición lamentable y carente de sentido alguno.

Me encontraba perdido y abatido cuando mis ojos lograron ver a lo lejos una especie de túnel, del cual provenía un pequeño haz de luz. Al acercarme, un poderoso resplandor me iluminaba, podía sentir la tierra seca bajo mis pies, era una sensación tan reconfortante, mi alma parecía volver a mi cuerpo, llenándome de una inquebrantable fuerza para avanzar a través de él. Una extraña vibración recorrió mi columna vertebral, de principio a fin, y algo similar a una agitada respiración sentí escuchar, pero ya no tenía miedo alguno. Y ignoré cualquier presentimiento o energía negativa que me invadía en ese momento, y me decidí a llegar al fin de todo esto.

Mientras seguía caminando me sentía más cerca de alcanzar mi tan ansiada libertad, una palabra que había dejado de tener sentido para mí, algo que ya creía inalcanzable. Lleno de incertidumbre a lo que estaba por venir, me detuve, tomé aire lenta y profundamente, crucé los dedos de mi mano, la única que me quedaba, cerré mis ojos por unos segundos antes de llegar hasta el final. Comencé a abrirlos lentamente, tomé valor y dí los últimos pasos para encontrar la tan esperada salida, no podía ni siquiera creerlo, aire limpio y fresco rozaba mi avejentado rostro en forma de caricias, todo era tan hermoso que no parecía real, la resplandeciente luz solar, el vasto cielo azul , un bello paisaje a la vista, me sentía pleno y liberado de aquel desolado sitio que me había robado la libertad, la fé en mi mismo, la esperanza en el futuro, la escencia de mi vida.

De pronto pude sentir en medio de tanta felicidad, como me elevaba por los cielos, como flotando, era una mágica sensación envidiable, un placer incomparable con algo terrenal, iba mucho más allá de lo humano, era más algo divino. Miré hacia atrás, donde me quedé increiblemente sorprendido así tanto como angustiado, mi parte fisica se encontraba detrás de mí, seguía en aquel tormentoso sitio, tristemente nunca logré salir de allí. Mientras mi cuerpo caía abatido al suelo, pude apreciar, desgraciadamente como un fantasmagórico engendro, desvisceraba mi ahora destrozado y frío cadáver. Ni siquiera mi ser corpóreo pudo salir jamás de su prisión, y ya nunca podrá ser.

Tal parece que no pertenezco a ese mundo, al que por unos tan felices instantes creí y sentí pertenecer. Viví prisionero, en soledad, cautivo, desolado, con una opresión infinita a mi desvariante consciencia , drenado y sometido a mi aparentemente merecida miseria. ¿Será un castigo de los dioses que me crearon? ¿Un arbitrario designio de estos hacia mi?, pero al menos, como una luz en medio de un mar interminable de sombras, un último consuelo, para lo que parecía inconsolable, el simple hecho de que morí, pero habiendo probado al fin, por primera y última vez……el dulce aroma de la libertad.FIN.

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NOCHE DE SAN JUAN

RELATO 9
NOCHE DE SAN JUAN

23 de junio, noche de San Juan. Las playas de A Coruña están llenas de jóvenes y no tan jóvenes dispuestos a disfrutar de la noche más mágica y especial del año. Los turistas atraídos por los comentarios tan positivos de estas fiestas en A Coruña se asombran de que las playas de Riazor, Orzán y Matadero, en plena ciudad, estén a rebosar de gente y hogueras de diversos tamaños. A medida que la noche va ganando terreno la imagen es más impactante. Es como si la arena estuviera ardiendo, todo un espectáculo, sin duda. Una de la madrugada, tras la quema de la falla en plena playa, algo que el Ayuntamiento local ha puesto como tradición, la gente vuelve a lo suyo: bailar, cantar, comer sardinas y churrasco y beber…

Las risas suenan por toda la playa dándole un ambiente festivo y entrañable a esa noche tan señalada. La marea está baja y eso ayuda a que las hogueras puedan ser más numerosas y a que la gente pueda estar más a gusto, es una noche perfecta. Hasta la lluvia, tan característica en esta tierra, se ha cogido un descanso y el cielo está totalmente despejado. Así van pasando las horas, entre risas y buen ambiente hasta que poco a poco muchos empiezan a retirarse dejando la playa para los más noctámbulos. Nuria y Jorge están en uno de los grupos que aún permanecen en la playa del Orzán. Son las cinco de la madrugada y el cansancio y el exceso de fiesta empieza a hacer mella en algunos.
-Será mejor irnos –dice Luis- Apenas queda gente y la marea está subiendo. ¿Quién se viene?
Todos apoyan la iniciativa menos Nuria y Jorge, ellos prefieren quedarse. Nadie intenta convencerlos de que ya son horas de regresar a casa saben que se gustan y quieren quedar solos. Tras las bromas de rigor y la promesa de verse al día siguiente todo el grupo se va menos ellos dos. Es el momento de las confidencias.
-Nuria… Yo, no sé cómo decírtelo… -Jorge, a sus 20 años siente que por primera vez está enamorado y teme no ser correspondido.
Ella lo mira unos instantes en silencio esperando a que se decida, pero al ver que los nervios no le dejan decide hablar por los dos.
-Yo también te quiero, Jorge.
Él sonríe aliviado y se sienta a su lado. El escaso fuego de la pequeña hoguera es testigo de su primer beso y del segundo. Jorge, animado, intenta algo más pero Nuria lo para con la mano mientras sonríe.
-¿Por qué no nos damos un baño? El mar está tranquilo y hace una noche preciosa.
Jorge la miró divertido y asintió. Sabía que estaba prohibido bañarse en el mar esa noche, pero la playa estaba casi vacía y los más cercanos estaban a más de cincuenta metros. Nadie se daría cuenta y los que lo hicieran los ignorarían.
-Ok, pero no traje bañador.
-¿Y para qué lo necesitas? –dijo ella mientras se quitaba la ropa.
Jorge se quedó atónito cuando la vio totalmente desnuda… era preciosa y ella echó a correr hacia el agua divertida y halagada por lo que había advertido en su mirada. Él comenzó a quitarse la ropa con rapidez y la siguió. El agua estaba fría, pero por suerte para ellos esa noche apenas había olas. Algo raro en la playa del Orzán que es famosa por el mar bravo y por sus olas majestuosas. Con la luna como único testigo se besaron con ardor y juntaron sus cuerpos. Nuria solo quería sentirlo cerca, era virgen, pero Jorge estaba demasiado excitado y en cuestión de segundos comenzó a poseerla nublado por el deseo. Nuria se dejó llevar por las ganas y por la magia que desprendía esa noche e hicieron el amor allí, en pleno mar, mientras la luna parecía iluminarlos. Cuando acabaron se miraron algo cohibidos y luego se rieron. Ambos habían ansiado este momento y por fin se había hecho realidad. Salieron agarrados de la mano sonriendo y mostrando felicidad por todos sus poros. Estaba siendo una noche perfecta. La primera sorpresa llegó cuando llegaron hasta su hoguera y descubrieron con desagrado que alguien les había robado la ropa. Por suerte les habían dejado la ropa interior, estaban en un aprieto, pero al menos no tan embarazoso.
-Serán cabrones –dijo Jorge enfadado- Han tenido que ser los de aquella hoguera, son los únicos que quedan por esta zona de la playa. Se van a enterar…
-No, por favor –le rogó Nuria- No quiero problemas, no estropees una noche tan perfecta.
-Pero… -Jorge la miró confuso- No podemos volver así.
-Y si no fueron ellos, cualquiera que haya pasado por aquí ha podido cogerla. Alégrate de que al menos nos hayan dejado la ropa interior, me moriría de vergüenza si tuviera que andar desnuda por plena calle por muy tarde que sea.
-Ya, pero tampoco están nuestros móviles ni la cartera. Tendremos que ir caminando. Cómo nos vea la policía nos vamos a meter en un lío.
-Ojalá nos vea. Les contaremos lo que ha pasado y nos llevarán a casa en coche. Siempre será mejor que ir caminando. Tú parece que llevas un pantalón corto, pero mi tanga es… muy pequeño –dijo ella sonrojándose.
-Y lo bien que te queda –dijo él mirándola con deseo.
Ella sonrió algo avergonzada. Acababan de hacer el amor en el mar, pero el agua y la oscuridad le había dado cierto misterio… ahora todo era más evidente.
-Dejemos que el fuego nos seque. Ya habrá tiempo para pensar en cómo volver a casa.
Él asintió y abrazados permanecieron sentados frente al fuego. Estuvieron en silencio un rato, la madera quemándose y el calor que esto provocaba en sus cuerpos les hacía estar pensativos, como ausentes. Era una sensación placentera. Un hombre apareció de entre la oscuridad y les mostró sus pantalones. Jorge le exigió que les devolviera la ropa, pero el hombre se echó a reír mientras comenzaba a alejarse. Jorge corrió tras él, era su oportunidad de recuperar la ropa y de paso marcarse un tanto a su favor delante de Nuria.
-Eh… devuélveme la ropa –le dijo mientras corría tras él.
El hombre lo miraba divertido mientras arrastraba la ropa por la arena. Jorge estaba acostumbrado a correr y en pocos segundos le dio alcance. Lo agarró por el brazo y lo hizo girarse.
-No me has oído, idiota. Devuélveme la… -no pudo seguir. El rostro de ese hombre le dejó sin palabras.
-Qué pasa guapote, no te gusto –le dijo el hombre mientras lo agarraba por el cuello y le mordía la cara.
Jorge emitió un grito de dolor cuando sintió como le arrancaba un trozo de carne. Lo empujó con todas sus fuerzas e intentó huir. El rostro de ese hombre no parecía humano… Nuria que los observaba desde lejos se asustó mucho al oírlo gritar y más cuando lo vio huir de ese hombre. No entendía que pasaba, pero estaba claro que nada bueno. Corrió hacia Jorge, pero al ver que el hombre hacía lo mismo se paró. Algo le decía que no era una buena idea. El hombre alcanzó a Jorge con rapidez y lo tiró al suelo. Durante unos instantes se pelearon en la arena y luego el hombre comenzó a arrastrarlo hacia la orilla.
-No, por favor, no –gritó Jorge aterrado- Socorro… socorro.
Nuria no sabía qué hacer. Quería ayudarlo, pero el miedo la paralizaba. Decidió correr hacia la hoguera más próxima. Pediría ayuda. Dos chicos estaban allí, más dormidos que despiertos, rodeados de varias botellas de agua ardiente. Era obvio que estaban borrachos.
-Por favor, por favor –les dijo Nuria muy preocupada- Necesito ayuda, ese hombre quiere ahogar a mi novio.
Ellos miraron hacia donde ella señalaba, pero no vieron nada. La bebida y la oscuridad de la noche no se lo permitían. Sin embargo sí que la vieron bien a ella: guapa, con buena figura, con los pechos al aire y en tanga… Un sueño hecho realidad a esas horas y en ese lugar. Sonrieron maliciosamente mientras se levantaban. Nuria comprendió por sus miradas lascivas que ayuda no era lo que iba a conseguir de ellos y corrió alejándose de ellos. Ambos comenzaron a perseguirla, pero uno de ellos se cayó al suelo a los pocos metros… el alcohol no le permitía mantener el equilibrio. Para desgracia de Nuria el otro estaba en mejor estado y estaba a punto de alcanzarla.
-Por favor… por favor… déjame –le dijo mientras corría todo lo que podía.
El chico se lanzó sobre ella y la tiró al suelo. Comenzó a besarla mientras recorría su cuerpo desnudo con sus manos. Nuria tuvo arcadas al sentir su mal aliento dentro de su boca. Intentó quitárselo de encima, pero era más grande y fuerte que ella. Él intentó quitarle el tanga torpemente, el alcohol lo nublaba, y ella aprovechó para golpearlo con la rodilla en sus partes. El chico cayó a un lado doliéndose y ella aprovechó el momento para huir. Corrió hacia donde había visto a Jorge, pero al llegar allí no había ni rastro de él. Con temor lo buscó por la orilla y un grito temeroso salió de su garganta al ver en el agua su ropa interior. Angustiada se metió en el mar buscándolo desesperadamente, pero no había ni rastro de él. Las lágrimas surgieron en sus ojos cuando comenzó a salir del agua. Había sido una idiota, se dijo, debió de acudir en su ayuda en ese mismo instante en vez de buscar a alguien. Ahora no sabía que había sido de él… tal vez estuviera herido en algún lugar de la playa o… ahogado. Solo pensarlo le hizo llorar con más fuerza. Otra sorpresa le esperaba a pocos metros de ella. No se dio cuenta hasta que lo tuvo casi delante. La posibilidad de no volver a ver a Jorge la había bloqueado.
-Zorrita… hemos dejado algo a medias –le dijo el chico de antes.
Nuria se paró en seco al oírlo. Estaba perdida. A su espalda estaba el mar y delante ese chico que sin duda estaría tan enfadado como excitado. Vio como la miraba, esta vez no podría evitar que la violase. Gritó con fuerza pidiendo auxilio, la playa estaba en plena ciudad, tal vez alguien que pasara por el paseo la oyera… pero no, entre la hora intempestiva y el ruido del mar difícilmente alguien la oiría.
-No lo hagas, por favor. No lo hagas –le pidió ella hecha un mar de lágrimas.
El chico estaba demasiado borracho y excitado como para tener la más mínima compasión. Ese cuerpo desnudo, ese tanga mojado y pegado a su cuerpo… eran demasiado deseables como para no aprovecharlos, pensó relamiéndose. Sí, sería suya y disfrutaría con su dolor… se lo merecía por el rodillazo de antes. Nuria cerró los ojos cuando él la agarró con fuerza y la tiró al suelo. Otra vez se repetía la historia, él sobre ella acariciándola y echándole su aliento fétido sobre su rostro. Nuria decidió que intentaría repetir la acción de antes, era cuestión de dejarlo hacer hasta que estuviera tan excitado que se descuidara, pero él ya se lo temía y le inmovilizó las piernas. No, esta vez no cometería el mismo error. Le rompió el tanga en dos y se dispuso a hacer lo que tanto ansiaba… De repente una mano muy poderosa le agarró el cuello y se lo apretó con fuerza. No le dejaba respirar. Comenzó a sentir mareos y se echó hacia un lado. Nuria abrió los ojos sorprendida y se encontró de frente con ese hombre. Tenía el rostro desfigurado y la miraba de una manera muy extraña. El chico en cuanto lo soltó echó a correr y se perdió en medio de la noche. Nuria intentó levantarse, pero él se lo impidió. Ella tembló, la idea de ser violada por ese chico la aterraba, pero por ese hombre… Comenzó a llorar y él la miró en silencio.
-Por favor… por favor –le dijo con los ojos cerrados- No lo haga.
-No te voy a violar, preciosa –le dijo con una voz profunda- No podría aunque quisiera. Ves mi rostro… pues así tengo el resto del cuerpo. Caí en una gran hoguera hace muchos años, cuando apenas era un crío. Por eso odio esta noche y todo lo que significa.
Nuria abrió los ojos y lo miró con temor.
-¿Qué quiere entonces de mí?
Él sonrió de una manera muy extraña y ella no pudo evitar temblar.
-Lo mismo que quise de tu novio… tu corazón.
Nuria gritó con todas sus fuerzas mientras no podía evitar orinarse por encima y él rió con fuerza.
-No… no… no –gritó Nuria con toda su alma mientras las lágrimas llenaban sus ojos y le nublaban la visión. Sintió sus ásperas manos sobre sus pechos y contuvo la respiración…
-A ver Nuria. ¿Qué haces? Te vienes o te quedas con Jorge, oyó de repente. Ella abrió mucho los ojos y se vio en medio de su grupo. Luis estaba de pie frente a ella y la miraba expectante. Jorge también lo hacía, pero por otros motivos. Ansiaba el momento de quedar a solas para declararle su amor. Nuria tardó unos segundos en comprenderlo todo… El alcohol, el cansancio, la mirada perdida hacia la hoguera… ¡Todo había sido producto de su imaginación! ¡Todo!, se dijo aliviada y feliz. Se levantó de un salto, se dirigió a Jorge y lo besó con ardor en los labios. Él quedó paralizado. Todos rieron al ver su reacción.
-Jorge, sí, quiero ser tu novia y sí, haremos el amor en el mar un día de estos, pero esta noche no. Vámonos, por favor.
-Pero…
-Vámonos –le dijo ella con una sonrisa que prometía muchas cosas.
Él no comprendía nada, pero asintió con la cabeza. Lo que acababa de oír y sentir le gustaba y mucho. Se agarraron de la mano y siguieron al resto del grupo. Todos comentaban con risas su reacción y calculaban cuanto habría bebido de queimada, la bebida típica de San Juan… muy sabrosa, pero que si no se toma con moderación…
-¿Cómo sabías que quería…? –Jorge la miró a los ojos. Se sentía feliz y dichoso.
Ella sonrió.
-Soy un poco bruja… Ya sabes: haberlas, haylas.

Clemente Roibas

La profanacón de la tumba

Este texto es un fragmento de la nueva novela

Autor: Francisco Ramón Delgado López

LA PROFANACIÓN DE LA TUMBA

Las puertas enrejadas y herrumbrosas del panteón permacían entreabiertas, como invitándole a entrar, sin que ningún tipo de candado, o que la llave echada de la cerradura, le impidieran el paso. O’Brien llegó hasta la tumba de mármol gris que se hallaba a media altura sobre un saliente de la pared, en cuyo interior se hallaban los restos de la infortunada y joven difunta.

El sepulturero y ladrón de tumbas, sacó del bolsillo interior de su vieja y raída chaqueta negra su achatada petaca de whisky, y le dio un buen trago antes de empezar el despreciable e ilícito trabajo que se había propuesto hacer aquella aciaga noche.

Empujando fuerte con las dos manos, desplazó la pesada losa de mármol que cubría la tumba. Después, alumbrado por su linterna, aplicó sobre las juntas del ataúd la afilada punta de la palanca de hierro, e hizo fuerza hasta que los cierres de seguridad del féretro se rompieron y saltaron, dejando libre la tapadera que cubría el cuerpo muerto. Unos segundos más tarde levantó con las manos desnudas la tapa de madera, para contemplar a sus anchas las valiosas joyas que portaba el cadáver de la bella y joven difunta.

Una cadena de oro de la que colgaba una cruz egipcia sobre su níveo pecho, y un anillo, también de oro, que llevaba insertado en el dedo corazón de su mano derecha, sobre el que había engarzada una preciosa esmeralda, hicieron brillar de codicia los ojos saltones y oscuros del profanador de tumbas.

El viejo enterrador no pudo por menos dejar de sorprenderse por el excelente estado de conservación que presentaba el cadáver de la difunta; aunque eso, a su cerebro embotado por el alcohol, no pareció extrañarle demasiado. Pensó que por causas desconocidas para él, algunos cadáveres se conservaban mejor que otros.

Mientras tocaba la cruz egipcia de oro macizo que colgaba en el escote de la muerta, sintió el lúbrico deseo de acariciar aquellos blancos senos que aún parecían conservar su firmeza. Sus sucios y arrugados dedos habían empezado a sumergirse en el escote de la no-muerta, cuando de repente, ésta abrió los ojos dejando ver un fondo blanco y aterrador, en el que no aparecían ni el iris ni las pupilas.

O’Brien, al observar cómo se abrían los párpados de la fallecida, se sorprendió un poco; pero no sintió miedo. Estaba fatalmente habituado a estar con los muertos, y pensó que era un reflejo post mortem del cadáver.

Tan sólo cuando poco después, la vampira se irguió dentro de su ataúd, y con un rápido movimiento de sus delgados, pero fuertes brazos, lo cogió por la cabeza, comprendió su imprudencia y la tragedia a que lo habían conducido sus reprobables y repugnantes actos.

La difunta dio un fuerte mordisco en la tráquea de su infortunada víctima, que murió paralizada, petrificada por el horror sin límites, y por el rápido desangrado de su viejo cuerpo.

Emma Wattles, durante casi un minuto se nutrió con la sangre caliente del sepulturero, y luego lo soltó. El ladrón de tumbas cayó a plomo sobre el suelo del panteón, exangüe, y convertido en un guiñapo.

Luego, la no-muerta, volvió a recostarse sobre su féretro dispuesta de nuevo a sumergirse en su sueño eterno, un sueño plagado de pesadillas de monstruos sin nombre, y de seres habitantes del averno.

© Francisco R. Delgado

Pasos y sombras en la noche

Cobijados de la intensa lluvia, bajo sus respectivos paraguas, marchaban sobre el camino embarrado. Los relámpagos iluminaban de forma intermitente la oscura noche, y los truenos se escuchaban por doquier, amenazando con despertar el sueño eterno de los difuntos allí enterrados.

En aquella lúgubre y tormentosa noche, ambos iban provistos con linternas que iluminaban su incierto camino entre las tumbas. Hacía una noche de perros. La furia de la lluvia convertía el camino en un cenagal, en un pequeño río de agua densa y oscura, al mezclarse con la tierra. Las botas de ambos caminaban despacio entre los charcos que se iban formando a su paso. En la parte norte del tenebroso cementerio había varios tétricos panteones funerarios.

-¿Cuál de ellos es? -preguntó el brujo alzando mucho la voz, para que la joven Amanda pudiera escucharlo por encima del estruendo que causaba el contínuo repiqueteo de la lluvia, sobre el grisáceo mármol de las lápidas, y del atronador ruido que producían los continuos y numerosos truenos.

George Bremen tenía la garganta bien resguardada del frío y la humedad circundante, envolvente, por una gruesa bufanda de lana con dibujos de cuadros grises y marrones, por encima de su chubasquero negro. Amanda, que estaba protegida de la demencial tormenta con un llamativo chubasquero de color amarillo, y cubría su cabeza con la amplia capucha, le contestó:

-Es aquel de allí. El más grande. -le dijo dirigiendo el haz de luz de su potente linterna hasta la contrucción funeraria. El amigo y colega de Amanda resopló porque era uno de los más alejados del camposanto, y el que parecía tener un mayor aire fantasmal, debido a que era el más aislado y solitario.

-Bien. ¡Vaya noche que hemos elegido para venir hasta aquí! -se quejó, hablando con voz muy fuerte, para hacerse oír entre el estruendo de los rayos que caían sin piedad alguna, no muy lejos de allí.

-Bueno, George, yo quería venir lo antes posible. El espíritu de mi hermana me lo pidió hace dos noches. -le contestó con voz compungida, y apenas audible para su acompañante.

-Ya, lo entiendo. -le dijo resignado.

Llegaron hasta el mausoleo, y Amanda empujó la puerta enrejada y herrumbrosa, que se encontraba con la cerradura abierta, y que rechinó sobre sus goznes mohosos y semioxidados por la humedad. Poco después penetraron en el amplio recinto del antiguo panteón familiar, cuyas oquedades en las altas paredes, estaban llenas con los féretros y las calaveras de varias generaciones de la familia Wattles.

© Francisco R. Delgado

Maniquíes

MANIQUÍES

Eran casi las diez de la noche, y en aquel gran almacén de ropa cercano a la City londinense, aún no habían terminado de preparar el escaparate para el día siguiente.

La primavera había empezado; aunque no se notaba mucho porque las lluvias persistentes y el frío de finales de marzo, habían vuelto de nuevo a mediados de abril, tras una corta tregua de poco más de dos semanas. A pesar de ello, los meteorólogos anunciaban que dentro de algunos días desaparecerían los días nublados, y que el sol primaveral; aunque siempre tímido y tibio en Inglaterra, haría por fin su aparición.

Por este motivo, los maniquíes deberían ser vestidos conforme a la moda de la nueva estación. Karen, una de las dependientas, se afanaba por encontrar un nuevo maniquí para lucirlo en el escaparate. Buscaba la figura de una chica delgada y morena para vestirla con los alegres colores de la primavera.

Al fondo de la gran habitación, pareció encontrar la ideal. Estaba con la espalda pegada a la pared, y todavía no había sido desprovista de su camisón de invierno algo anticuado, de la moda de hacía cuatro o cinco años.

Karen se acercó a la figura del maniquí, y observó que tenía una buena estatura, pues rondaría el metro setenta y cinco. Por un momento le dio la impresión de que había parpadeado, y se asustó un poco, pero luego se rió de sí misma. La bella maniquí, de facciones alargadas, armoniosas y dulces, estaba completamente quieta, como era lo lógico en un ser inanimado. Serían imaginaciones suyas. Acto seguido se colocó frente a la joven mujer que representaba, para desprenderla del anticuado camisón de invierno.

De improviso, el maniquí pareció cobrar vida, y sonrió de manera burlona y perversa. La joven dependienta del almacén de ropa se quedó paralizada por el terror, y no pudo hacer nada cuando la aterradora aparición la sujetó fuertemente por los brazos y le mordió con inusitada ferocidad en el cuello, desgarrándole la tráquea, como si se tratase de un animal salvaje.

Emma Wattles succiónó la sangre que le daba la vida, con ansiedad y placer inusitado. Estaba sedienta, pues llevaba más de una semana sin alimentarse. Después de algunos minutos durante los que sujetaba férreamente a su infortunada víctima, la cual sufría los violentos estertores de la atroz y terrible muerte, y que había perdido por completo y en escasos segundos la voluntad y la cordura; dejó el joven cuerpo de la dependienta totalmente exangüe, sin una sola gota de sangre para seguir manteniendo su terrible y lúgubre existencia.

© Francisco R. Delgado

Turno de noche

TURNO DE NOCHE

(Relato de suspense)

Sarah Doherty terminó su turno de trabajo en la estación de servicio en la que trabajaba desde hacía poco más de dos meses.

Nunca hasta entonces había trabajado en una gasolinera, y tampoco en el turno de noche, desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana.

Después de buscar trabajo durante varios meses como peluquera o como dependienta, que es de lo que ella tenía experiencia, no había encontrado otra cosa.

Pero no se quejaba, estaba contenta con tener un nuevo trabajo. Además el turno de noche solía ser muy tranquilo, excepto cuando le tocaba trabajar los viernes o los sábados por la noche.

Normalmente libraba dos días a la semana, pero éstos no eran fijos sino que iban variando. A finales de mes, siembre les daban a los empleados una hoja para el mes siguiente, en la que figuraban qué días tenían que trabajar, los turnos, y los días de descanso.

Aquella noche del jueves salió a las seis de la madrugada del trabajo, cuando dos nuevos compañeros fueron a relevarla a ella, y a su compañero de aquella semana, John Darrow.

Eran las seis y veinte minutos cuando llegó a la puerta de su casa. Le extrañó encontrarla entreabierta. Eddie, su marido, nunca había sido un hombre descuidado, y su hijo David, que acababa de cumplir ocho años, tampoco solía serlo.

Entró en la casa, y lo que vió al entrar en la cocina para tomarse un vaso de leche caliente antes de acostarse, le puso los pelos de punta y que se echase las manos a la cara en un movimiento instintivo, como si quisiera taparse los ojos, y no ver lo que su mente se negaba a aceptar.

Había varios cacharos y utensilios tirados por la cocina, y los cuerpos inertes de su marido y de su hijo yacían sobre un gran charco de sangre en el suelo.

Sarah se quedó tan paralizada por el terror que ni siquiera fue capaz de gritar, ni de articular palabra. Le pareció que aquello no podía ser real, que tan sólo era un mal sueño, una pesadilla.

De repente, sintió una presencia a su espalda, fue a darse la vuelta, pero ya era tarde. Una sucia manaza le tapó la boca, y después sintió el frío cañón de una pistola en su cabeza.

-Chisssssss… quieta, gatita. No te muevas, no intentes gritar o te mataré -dijo el asesino.

-Mmmmm… -intentó hablar la joven.

– Tranquila, no es culpa mía. Yo no quería matarlos, pero me vi obligado a ello. Tan sólo quería que me dieran unos cuantos billetes para continuar mi viaje. Pero tu marido se puso tozudo. Él y tu hijo me atacaron al mismo tiempo, no me quedó otro remedio que dispararles. Ahora voy a soltarte. Si gritas, te aseguro que te mataré, ¿lo has entendido?

-Ssssí…

El hombre la soltó y Sarah se dio la vuelta lentamente. Ante ella había un hombretón alto y corpulento, con aspecto de presidiario o delincuente. Llevaba barba de varios días, su ropa estaba arrugada y sucia, y sus largos cabellos grasientos estaban sucios y despeinados. Su lúbrica mirada y su sonrisa torcida, no dejaban lugar a dudas sobre sus aviesas intenciones.

-¡Oye! ¿Sabes que no estás nada mal? Tal vez podríamos divertirnos tú y yo un rato antes de marcharme.

Sarah, con una extraña mezcla de miedo, asco y de odio por el brutal asesinato de su marido y de su hijo, hizo acopio de valor y le pegó una fortísima patada en la entrepierna.

Dió justo en el blanco, el hombretón se dobló en dos, incapaz de poner atención a nada que no fuera su intensísimo dolor.

Sarah aprovechó la ocasión, pasó a su lado, y corrió en dirección a la salida de su casa. El individuo se colocó la mano izquierda en sus doloridos genitales, e intentó, renqueante, correr detrás de ella.

-¡Maldita perra! Te voy a dejar el cuerpo como un colador!

Sarah ya corría por la calle dando fuertes gritos pidiendo socorro. En varias casas vecinas se encendieron las luces de los dormitorios.

El ladrón y asesino corrió cojeando detrás de ella, y efectuó dos disparos sin acertar en su objetivo. Sarah se ocultó detrás de una camioneta, mientras el delincuente disparó de nuevo.

Unos segundos después se escuchó el ulular de las sirenas de varios coches de policía que se acercaban velozmente.

El corpulento hombretón por unos segundos no supo qué hacer, corrió en otra dirección intentando escapar, pero ya era demasiado tarde. Estaba rodeado por tres coches patrulla.

Cuando se vió acorralado disparó las últimas balas que le quedaban contra la luna delantera de uno de los vehículos, que saltó en mil pedazos.

Los agentes de policía no se lo pensaron, y dispararon sobre el agresor, que pronto cayó al suelo atravesado por siete balazos, muerto al instante.

© Francisco R. Delgado

Historias de Monterrey – Guadalupe N.L

RELATO ANONIMO
Esta historia como muchas otras que después les contaré me las platicó mi padre (q.e.p.d.) él era aficionado a todo este tipo de hechos paranormales y eso lo heredé…
Hace como 40 años cuando era recién casado con mi mamá cuenta que acudían a un centro espiritual de esos a los que acude la gente a las curaciones por medio de “materias o cajones” (son las personas que tienen un don para que los espíritus entren en sus cuerpos y se comuniquen y ayuden a la gente que acude a sanarse o cosas así).

Bueno el hecho es que un amigo de él acudió en busca de ayuda ya que vivía cerca del cerro de la silla en la colonia Lomas de Tolteca en Cd. Guadalupe, N.L. y su casa estaba cerca de las faldas del cerro y por las noches en algunas ocasiones distinguía a lo lejos fuego como si algo se estuviera quemando y ya cuando amanecía iba a ese lugar donde veía el fuego y no había rastro alguno de hierba o árboles quemados y le causaba mucha inquietud; motivo por el cual decidió acudir al centro espiritual en busca de la causa o motivo de ese fuego que veía. Al acudir a dicho centro espiritual se manifestó un ser que decía que en ese lugar donde veía el fuego estaba un tesoro enterrado justo a u lado de una piedra enorme y que se los regalaba, solo que a cambio quería que desenterraran sus restos (huesos) y le dieran cristiana sepultura en camposanto; ya que en la época en que escondieron el tesoro fué asesinado y su cuerpo fue enterrado encima de donde se encontraban las monedas de oro, quedando su espíritu en pena y sin poder descansar para cuidar ese tesoro.

Mi papá, mi mamá, el señor que era amigo de mi papá y la esposa del amigo, así como la Señora que era la Materia o cajón espiritual acudieron una noche a donde este espíritu les dijo que se encontraba el tesoro enterrado.

Mi papá quien era muy apasionado de estas historias fué quien me contó este relato, pero lo que contaré a continuación me lo platicó también mi mamá que es una persona muy seria y reservada pero ante mi insistencia también me confirmó lo que sucedió esa noche:

Cuenta que llegaron a las faldas del cerro al terminar las casas (antes había muy poca gente en esos años viviendo en esa colonia) y había una piedra grandísima y ese era el lugar donde se manifestaba el fuego señal de que ahí se encontraba enterrado el tesoro, dice mi madre que se sentaron en unas piedras que estaban aproximadamente a unos 20 metros de la gran roca donde según estaba el tesoro y platicaban en la oscuridad de la noche que solo era alumbrada por la luz de la luna, mi papa y su amigo fumaban y estaban de espaldas a la roca mientras platicaban de ese suceso y las tres mujeres (la señora que era la materia espiritual, la esposa del amigo de mi papá y mi mamá) estaban sentadas en las piedras mirando de frente, de pronto vieron que detrás de un árbol salió un hombre vestido con ropa tipo de la revolución caminando entre la maleza del cerro hasta la piedra grande donde según estaba enterrado el tesoro ¡¡¡Pero no tenia cabeza!!! Y se desapareció justo detrás de la piedra grande.

Mi mamá dice que solo ellas tres vieron desde que salió detrás de un árbol hasta llegar a la piedra y que ella quiso decirle a mi papá pero del susto no pudo articular palabra. Mi papá dice que cuando vió la cara de espanto de mi mamá volteo rápidamente y solo alcanzo a ver a este ser muy poco y corrió en la dirección que desapareció el hombre pero no pudo ver más.

Eso fue lo que pasó esa noche. Días después dicen que este ser se manifestó en la Sra. Del centro espiritual y que de forma muy agresiva les dijo que al que habían visto esa noche era él, que lo que les había dicho de lo del tesoro era real y por eso se había manifestado esa noche, pero solo que en esa ocasión les pidió el alma de una persona a cambio de que la suya descansara en paz a cambio del tesoro, a lo cual obviamente nadie estuvo de acuerdo y de forma igualmente grosera rechazaron que se volviera a manifestar de cualquier forma.

Han pasado muchos años de este suceso; del amigo de mi papá ya no lo volvió a ver, se perdió contacto, ya jamás supo si siguió buscando el tesoro o lo dejó por la paz, ya que el precio que pedía esa alma era demasiado alto………
Saludos y Gracias!

Una noche para recordar

Los humanos siempre piensan que las criaturas de la noche aborrecemos todo lo que es sagrado; veneran cruces, construyen iglesias, bendicen el agua y rezan a sus dioses antes de irse a dormir ¡JA! Montón de idiotas, lo único que los humanos logran con sus “santurronadas” es atraer a los de mi estirpe. Almas inocentes listas para ser violadas, sangre joven y virginal rogando ser estrujada de la carne para ser vertida sobre suelo corrompido por el acto de la sodomía; se me hace agua a la boca de tan solo pensarlo.

Ha sido una buena jornada, en la iglesia del pueblo que arrasé había un monje que puso todo de si para proteger a la joven aprendiz de sacerdote que escapa de mí en estos momentos, me aseguré de recompensar su valor dándole una muerte miserable y llena de dolor, y dejé su cadáver para que fuese violado y devorado por los coyotes.

La pequeña sacerdotisa corre de mí como si el mismísimo Satanás le persiguiese, pero no tiene tanta suerte, soy algo mucho peor que eso. Podría matarla sin ningún problema, ni los soldados del pueblo, ni las mujeres que dejaron atrás a sus retoños para huir de mí pudieron escapar de mis garras.

—Quieta, o te clavaré al suelo -le enseño a la frágil criatura mis largas y afiladas garras, negras como las almas de los condenados a las llamas averno-.

— ¿Por qué soy la única que dejaste con vida, demonio? –me pregunta con una voz que se quiebra entre sollozos, me rió a carcajadas.

— Ya devoré carne humana de sobra para saciar mi hambre y despelleje tantos niños vivos que se volvió monótono. Mi gula y mi morbo han sido saciados, al menos por hoy -vuelvo a reír, y esta vez de forma que hasta en los cielos se escucha mi grotesca burla- Me preguntas porque aún no te mato pequeña, ¿No es obvio querida? Porque quiero demoler tu ímpetu y desgarrar tu carne con mi carne una y otra vez, no te mataré aunque lo supliques, pues voy a corromperte hasta el punto en que disfrutes el martirio, solo entonces te mataré. Si te portas bien, tu muerte no será tan dolorosa.

Mis colmillos reflejan con intensidad la luz de la luna cuando me relamo y mis ojos rojos se inyectan de sangre al dilatarse, será una noche para recordar.

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