LA BRUJA XIX Relato basado en hechos reales

LA BRUJA XIX (#421 – 07/09/2017)
Relato basado en hechos reales contado por Javier Enciso
Escrito y Adaptado por Eduardo Liñán

Esta historia me ocurrió cuando tenía 17 años, en ese entonces vivía en un pueblo llamado Galeras, situado en el departamento de Sucre en Colombia. Desde niño siempre fui susceptible a experimentar cosas paranormales, intuía que había sido algún tipo de “don” heredado por generaciones. Mi abuelo fue quien me enseñó a través de historias y leyendas acerca de las muchas cosas extrañas que pudieran rodear a este fenómeno; pero me llamaba más la atención el saber de brujas y espantos que atormentaban a la gente o cosas sin explicación que de tanto en tanto ocurrían y que sabíamos por gente que conocíamos o parientes que llegaban y contaban alguna historia inverosímil acerca de eso.

Galeras era un pueblo pequeño y rural en las sabanas sucreñas, ahí predominaba la ganadería y las tradiciones se trasmitían de generación en generación. Esas tradiciones me fueron heredadas por mi abuelo, durante gran parte de mi niñez me enseñó todo lo que había que saber para identificar a una bruja y como defenderse de sus hostigamientos y maldiciones. El mencionaba que los primeros pobladores usaban varas de Ají para golpearlas y darles muerte y que para atraparlas había que mermar su fuerza a través de oraciones católicas cantadas al revés, todo aquello me parecía fascinante y aunque nunca había visto una, siempre escuchaba rumores que ciertas mujeres eran brujas dentro de la comunidad, yo no lo creía porque su aspecto era normal y tenían un buen trato con las personas. Mi abuelo decía que ese era su disfraz que nunca bajara la guardia o corría el riesgo de que me atacaran para sacrificarme. Así crecí con esas enseñanzas y advertencias. No fue hasta que cumplí los 17 que todas aquellas historias cobrarían sentido y lograrían salvarme de un destino nefasto.
En ese tiempo en que casi cumplía la mayoría de edad, asistí a una fiesta popular en el pueblo con un amigo llamado Jaime, éramos muy amigos; pero no solo eso compartíamos historias y cuentos de brujas, ya que él de igual forma había sido enseñado y preparado, nunca imaginé que en ese momento estuviera de novio con la nieta de una conocida bruja de la región y cuando me enteré no dudé en advertirle el peligro que corría y fui involucrado de la peor forma.

Esa noche ella llegó con su gesto de soberbia y haciendo alarde del control que ejercía en mi amigo. Cosa que de principio me molestaba y no dudé en jugarle una broma, cosa que no fue tomada con humor por ella, en cambio me lanzó una mirada de odio y aberración junto con una advertencia.

-No sabes con quien te metes…me las vas a pagar…

Sentí un poco de extrañeza y me reí de ella, sin saber quién era en realidad; pero al ver el rostro desencajado y temeroso de mi amigo que me veía como diciéndome que eso había sido un error de mi parte, sentí que algo no andaba bien. La fiesta continúo y mi amigo se la pasó apartado con su novia alejados de mí todo el tiempo, me di cuenta que en realidad Jaime hacia lo posible para que su novia no estuviera cerca de mí. Cosa que me pareció extraña. Al término de la fiesta me quise despedir de mi amigo; pero él se retiró rápidamente del lugar sin decir nada y tomado de la mano de su novia, al cual tenía por nombre Valkiria.

Al día siguiente, sería muy temprano cuando escuché unos toquidos insistentes en la puerta de mi casa. La abrir era Jaime con su rostro lleno de preocupación, apenas abrí la puerta y él se introdujo muy nervioso en la casa, me miró y me dijo que la noche anterior había cometido una equivocación al burlarme de su novia ya que era nieta de una bruja muy poderosa de la región conocida como Carmen “La Maluca” y que debía ser cuidadoso ya que su novia era vengativa, sin más, así como entró, salió de la casa y no lo volví a ver.

Cuando escuché la revelación, sentí una pequeña corriente recorrer mi cabeza y caí en la cuenta que había sido imprudente. Me quedé con cierto temor de que pudiera pasar algo y recordé al abuelo y sus enseñanzas así que en cierta manera estaba tranquilo; pero al llegar la noche me invadió una intranquilidad que me hizo tener insomnio y un estado de vigilia en el que a cada rato me paraba para revisar que las ventanas estuvieran bien cerradas. Yo vivía en un cuarto solo, alejado de la casa donde vivían mis padres, así que la tensión era grande y no quería importunar a mis viejos con mis dudas y temores. Así pasaron 3 semanas y poco a poco se me fue diluyendo el temor y la incertidumbre, hasta una noche de viernes.

Recuerdo haber estado durmiendo en mi habitación y tenía la luz de una lámpara encendida. Repentinamente me desperté después de tener un mal sueño y al revisar la hora eran 2:34 am. Me volví a acostar meditando en el sueño que acababa de tener el cual poco a poco se fue desvaneciendo y me acomodé para volver a dormir. Apenas estaba alcanzando el sueño cuando escucho algo inusual entre el silencio nocturno, algo hizo eco dentro de la habitación y me alerté. Me incorporé para revisar que había sido y me quedé sentado en la cama intentando escuchar algo y entonces sucedió.

El sonido de un fuerte golpe en la lámina del techo hizo eco y un estruendo que me alertó, luego note como la lámina se pandeaba por el peso de algo que comenzó a caminar haciéndola rechinar y crujir la madera de los travesaños. De inmediato quise identificar si era un animal; pero de haberlo sido hubiera sido enorme, era improbable. Las pisadas eran fuertes y eso me invadió de pánico, a mi mente llegó un pensamiento: “Vino por mi…” Lo único que hice fue ingenuamente taparme con la sábana de pies a cabeza como si aquello me fuera a proteger del peligro que seguramente rondaba fuera de mi cuarto. Recé, recé mucho y no sé cuántas oraciones aprendidas a lo largo de mi vida para protegerme de lo que fuera. No sé cuánto tiempo estuve tapado y rezando con frenesí, escuchando golpes y crujidos en el techo y de pronto se hizo el silencio, poco a poco me fui desprendiendo de mi sábana y me asomé apenas, el reloj marcaba las 3:02 am; pero a mí se me había hecho una eternidad. Con cautela esperé a escuchar algo y pareció que todo había acabado me quedé intranquilo y traté de dormir abrazando un crucifijo que me había dado mi abuelo. Nada más paso por esa noche.

Sin embargo en las noches posteriores pasó lo mismo y volvía hacer lo mismo, así duré una semana presa del miedo y con el terror que me producía que llegara la noche y tener que dormir. El punto crítico llegó una madrugada; apenas dieron las 3:00 am y me despertó un destello que provenía del exterior. Con sorpresa me asomé para ver de dónde provenía esa luz y al ver, sentí un escalofrío recorrerme completamente , en tanto mi corazón comenzó a latir fuertemente. Afuera estaban suspendidas unas luces extrañas y al verlas detenidamente pude ver que eran fuegos, unas bolas amorfas que parecían emitir algún tipo de fuego amarillo que hacia un ruido peculiar como a ramas quemarse y tronar. No pude ver cuantas eran; estaba petrificado de ver aquello y así como estaban, poco a poco se fueron haciendo hacia arriba hasta que por fin desaparecieron de mi vista. Sin comprender del todo que había sido todo eso, me quedé pasmado por un buen rato viendo a la ventana y la cerré. La noche siguiente ocurrió lo mismo, era como un hostigamiento constante que estaba mermando mi cordura y poco a poco el miedo me iba consumiendo.

Harto de esa situación recordé que mi abuelo guardaba algunas cosas para ahuyentar a las brujas y claramente lo que vi se trataba de eso, Pensaba en la amenaza de Valkiria, la novia de Jaime y su maldita abuela. De ahí provenía el acoso. Finalmente su amenaza se estaba cumpliendo, así que tenía que hacer lo necesario para poder librarme de esas maldiciones. Leyendo un poco en cuadernos viejos y revisando las cosas del abuelo de inmediato recordé algunos remedios y los llevé a cabo, todo sin que mis padres supieran. Lo primero fue fabricar una cruz con una planta de la región llamada Yuca o mandioca, la puse debajo de mi cama y otras pequeñas en puertas y ventanas. Una escoba de cabeza detrás de mi puerta y dormía con la ropa colocada al revés. De algún modo los ruidos cesaron, aunque veía las luces a lo lejos de tanto en tanto. Eso me tranquilizó un poco y las noches volvieron a ser tranquilas, aunque algo tensas. Pasaron los días y me volví a reencontrar con Jaime, para mi sorpresa había terminado con Valkiria y tenía otra novia que no conocía; pero al parecer estaban bien. Con eso pensé que había terminado el episodio de esa mujer y su abuela bruja; pero estaba equivocado.

Fue una noche de sábado que me había quedado en mi casa, luego de no ir a una fiesta, leía un libro: “100 años de soledad” y estaba tan metido en la lectura que me dieron las 2:00 am, tuve la necesidad de ir al baño y para hacerlo tenía que salir al patio y caminar algunos metros, así lo hice. Como era un gran patio había muchos árboles alrededor y 3 cocoteros que se mecían con el viento nocturno y estrellado. Al ver que el baño estaba lejos y en la penumbra, me dio un poco de temor. Así que no dudé en hacer mi necesidad en las raíces de un árbol de nísperos que había cerca de mi puerta. Sentí alivio mientras vaciaba mi vejiga y de pronto el sonido de algo que movía las ramas de la copa del árbol me alertó, al voltear vi que las ramas se movían violentamente como si algo las moviera con fuerza y de primer instancia pensé que era algún buitre; pero luego intuí que se trabaja de algún ladrón o alguien que se intentaba meter en la casa. Sin dudar tomé un palo y me armé de valor, vociferando a lo que estuviera ahí.

El valor se me acabó cuando de improviso salió volando una enorme ave negra por entre las ramas del árbol. El batir de sus alas era casi ensordecedor y de principio pensé que era un buitre por el plumaje negro; Pero luego de ver, noté con horror que se trataba. Era un guajolote de tamaño considerable. El vuelo que hacía, lo hacía con mucho esfuerzo, solo sus enormes alas parecían aguantar el peso de aquello, aun no terminaba de digerir aquello cuando el horror me pegó en el rostro al ver la cabeza de aquel animal. No era común, tenía el cuello corto lleno de verrugas abultadas y azuladas, sobre el cual cargaba una cabeza calva repleta de estas carúnculas; pero no tenía pico ni “moco” o el apéndice que sale de este animal, sino algo parecido a un rostro humano, deforme y horrible, sus ojos eran amarillentos y parecían emitir un brillo que inquietaba. Aquello era un monstruo horrible que me produjo un miedo de muerte, que hizo que me quedara petrificado. El vuelo de esa aberración llegó a la copa de unos de los cocoteros en donde se postró y me observó vigilante por un largo rato con esos ojos amarillos y de pronto un horrible graznido salió del cogote de aquella cosa, era un horripilante sonido parecido al ruido que hacen los gatos al copular, gruñidos horribles que me erizaron la piel y me llenaron de un terror absoluto, aquellos ruidos hicieron que corriera al interior de mi casa y atrancara la puerta con una cómoda y coloqué el colchón en la ventana como para impedir que aquello entrara.

Por esa noche no pude dormir y me aferré a la cruz de yuca y recé frenéticamente pidiendo perdón a Dios e implorando que me salvara de aquello. De alguna forma el cansancio me venció y desperté acostado en el piso de mi cuarto, no lo soporté más y corrí con mi abuelo a contarle lo que me había estado pasando y el evento de la noche anterior. Él vivía algo alejado por lo que me tomó casi todo el día llegar; pero al hacerlo y luego de platicar mi calvario, muy determinado me miró y me dijo sin duda que él se encargaría, que no me preocupara. Se paró de la silla y abrió la puerta de su ropero viejo de donde saco un libro viejo forrado en piel y cerrado con un broche de latón manchado por el tiempo. Antes de abrirlo me dijo que me fuera para mi casa y que todo estaría bien, que le tuviera confianza. Así lo hice y al llegar la noche me quedé asustado contando las horas, me quedé dormido y nada más paso, al igual que las noches subsecuentes, todo marchó bien, el acoso que había estado sufriendo, había pasado o al menos eso parecía, no entendí o no quise saber que había hecho mi abuelo para liberarme de aquello; pero hasta el día de hoy nunca he vuelto a saber de brujas o de apariciones de estas en donde vivo.

“Espero la publiques, no creo que sea tan buena pero lo que si te puedo asegurar es que es 100% real… Gracias por leerme”

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ACOSO Relato basado en hechos reales

ACOSO
Relato basado en hechos reales. Contado por Lucía Montelongo
Escrito y Adaptado por Eduardo Liñán

Hace algún tiempo había terminado una doble jornada de trabajo. Había llegado desde muy temprano y como la época era de mucho flujo de gente el turno se prolongó tanto que termine al cierre. Estaba muy cansada y mis pies pedían clemencia. Era una época en la que comenzaba a hacer algo de frío e imperaba el mal tiempo. Al salir para retirarme a mi casa, ya había obscurecido y comenzaba la llovizna que acrecentaba la sensación de escalofríos por todo mi cuerpo, aunado al cansancio y al hecho que no llevaba con que cubrirme bien, termine por agobiarme y sentirme aún más cansada y ansiosa por llegar a la calidez de mi hogar.

Al abrir la puerta un aroma dulce me indico que mi mamá preparaba atole y eso me relajó al imaginar el sabor dulzón y delicioso de la bebida caliente, mi papá miraba la tele y mi madre puso un jarro de atole en la mesa en tanto me decía que me sentara a tomarlo. Luego de platicar un rato me levanté de la mesa para ir a mi cuarto el cual se encontraba en la planta alta y para llegar a él, había que subir por unas escaleras exteriores que estaban pegadas a la puerta trasera que daba acceso al cuarto de mis padres. Besé a mi papa en su cabeza calva y luego me despedí de mi mamá, ella me miro con preocupación y me dijo que si no tenía miedo de dormir sola. Tan solo sonreí y subí las escaleras para meterme a mi cuarto, el cual estaba completamente helado y húmedo.

Al quitarme los zapatos, los pies me comenzaron a latir y tomé el alcohol para frotármelos. Quise tomar un baño; pero me dio frio, así que lo haría por la mañana, acomode la cabeza en la almohada para descansar un poco y no quise parame a desvestirme, tan solo jale la colcha para taparme y empecé a quedarme dormida. Apenas iba a alcanzar un sueño profundo cuando escucho que tocan la puerta de lámina en repetidas ocasiones, espantándome el sueño y poniéndome en alerta, de primer instancia pensé que era mi mamá, ella de pronto subía a mi habitación por algunas cosas; pero luego note que paso mucho rato y la puerta no se abría y aunado a eso unas voces comenzaron a escucharse como si hablaran de cosas que no lograba entender. Algo inquieta levanté la cabeza para mirar, y por el cristal de gota de la puerta pude notar que afuera había una sombra de alguien que parecía permanecer ahí sin moverse. Pensé que era mi papá por que la silueta era de un hombre; pero antes de que pudiera decir algo para que pasara, la sombra se movió rápidamente y desapareció ante mis ojos.

Me levante rápido y encendí la luz, pensando que quizá algo había sucedido con mis padres, me puse un saco y salí para ver, no vi a nadie, el aire helado me pegó en el rostro y me enfrió la nariz y los ojos. Todo estaba obscuro y solo se veía la luz encendida en el cuarto de mis padres los cuales tenían la puerta abierta. Bajé y apenas iba a media escalera cuando mi papá sale de improviso y me dice:
– ¿Que pasa hija?
–Nada pá, ¿No subieron? Tocaron la puerta y te vi afuera de la puerta
–No mija, yo apenas acabo de salir….
Sentí un miedo horrible cuando mi papá me dijo eso, que solo me di la media vuelta y antes de que pudiera llegar a mi cuarto, resonó la voz de mi mamá que me decía:
–De nuevo tienes miedo…

No lo pude evitar, no contesté nada; pero el terror me invadió, un escalofrío tremendo me recorrió la espalda y se acrecentó con la corriente helada que me dio en la cara de nueva cuenta. Temblorosa subí y me metí al cuarto tapándome de pies a cabeza. Al poco rato de nuevo sonó la puerta y mis sentidos se alertaron asustados al grado de entrar en una pequeña Desesperación. Esperando lo peor, sentí alivio cuando escuché la voz de mi mamá y entró para quedarse a dormir conmigo. Eso me confortó y pude dormir tranquila por esa noche.

Todo lo anterior ha venido sucediendo durante algunas noches y de la misma forma han sucedido cosas raras dentro de la casa, siento un acoso terrible y la sensación de ser observada es inquietante. Lo que más me causó impacto fue una ocasión en la que encontré una especie como de savia de árbol que despedía un aroma agradable que impregno la habitación y mi ropa, la savia regada por un lado de mi cama. Al investigar el origen me dijeron que era de pirul y que se utilizaba para repeler trabajos de brujería. Todo eso me asusta y quisiera que no me pasara nada, la tensión en mi casa aumenta cada vez más y no sé qué hacer, vivir sin tener explicaciones de fenómenos extraños es inquietante.

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43 Relato basado en experiencias reales

43
Relato basado en experiencias reales de Ricardo Zambrano
Escrito y Adaptado por Eduardo Liñán

Trabajo como policía en Bogotá, Colombia y ostento el rango de patrullero. Muchas veces he tenido turnos de noche en donde me he enfrentado a situaciones extrañas y sin explicación. En la policía se nos asignan “cuadrantes” que no son más que una determinada cantidad de manzanas en las que se divide la ciudad y nuestra labor es patrullar esas calles en vehículos o en motocicletas según sea el caso. A mí en lo particular me ha tocado hacer rondín zonas despobladas y rurales a las orillas de la ciudad en donde solo hay obscuridad y pobreza.

Sin embargo durante un patrullaje me sucedió algo raro que puso en alerta todos mis sentidos y entendimiento. Sería un lunes por la noche y había llegado a la estación temprano, me preparé y me dispuse a recibir el turno y la orden del día. El turno comprendía de las 9 pm a las 7 pm. A todos se nos asignaba un vehículo o una motocicleta según la zona del cuadrante a cubrir; así que anoté la identificación de la patrulla y en la orden nos habían asignado 2 cuadrantes, el que nos tocaba cubrir habitualmente y el 43 cuyo titular había pedido permiso y el otro patrullero estaba de vacaciones. Así que mi compañero Arias y yo, abordamos el Renault Duster y manejé hasta nuestro primer cuadrante en tanto Arias revisaba una vez más el orden del día y los procedimientos, él siempre fue un policía ejemplar y celoso de su deber.

Luego de terminar en nuestra zona nos enfilamos al 43 el cual era una zona de mucho monte y terrenos baldíos llenos de basura y malvivientes, con calles difíciles de transitar y en penumbras, seria ya de madrugada cuando sentí mucho cansancio, durante el día no había dormido lo suficiente, mi cuerpo estaba tenso y el sueño me invadió, en esas condiciones era imprudente continuar así que le pedí a Arias que estacionáramos para poder descansar un poco y que se ocupara de la radio y de los casos apremiantes en donde se requiriera nuestra presencia. Arias me apoyó, yo antes lo había hecho así que no hubo mayores problemas. Apenas acomodé la cabeza, mi mente comenzó a divagar en tanto agarraba el sueño, eran las 2:43 am.

En el lugar donde habíamos estacionado, meses atrás atendimos un reporte varios compañeros. Había ocurrido un horrible accidente en donde un “auto fantasma” había arrollado a una anciana haciéndola pedazos y dejando sus restos en el pavimento. Después con el tiempo comenzó a circular un rumor acerca que de ese hecho. Algunos patrulleros afirmaban haber visto a la anciana del accidente deambular por el área, de vestimentas vaporosas y de cabellos canosos que se aparecía por las inmediaciones causando asombro a los compañeros que al seguirla se desaparecía ante sus ojos.

Pensaba en eso cuando el sueño me venció y dormité, un espasmo y un sentimiento sofocación me despertó y me vi dentro de la patrulla, Arias no estaba en su asiento y al ver el reloj eran las 2:53 am, sentí que dormí mucho tiempo. Sin embargo seguía cansado. Bajé de la unidad y un golpe de frio me invadió, tanto que me puse la chamarra al no poder soportarlo. Al iluminar con los faros y mi lámpara de mano para buscar a mi compañero, no lo vi por ningún lado, mas allá de la luz de los faros, solo era obscuridad. Decidí entonces marcarle a su celular y me mandaba al buzón. Me puse tenso y acaricie mi Beretta, volví a marcar y a lo lejos escuche el tono de su celular que repiqueteaba rompiendo el silencio sepulcral del lugar. Sentí alivio cuando escuche que estaba cerca; pero algo andaba mal porque no me respondía. En esa zona había mucho malandro y temía que hubiera atendido una emergencia y fuera emboscado sin mi apoyo. Apenas iba a marcar de nuevo cuando el teléfono me marco 5% de batería, casi por impulso me subí al vehículo para conectar el móvil, luego de mucho esfuerzo por fin pude conectar la pequeña entrada del cable al alimentador y al alzar la mirada y ver que a lo lejos se iluminaba el monte, noté que por un lado estaba parada una persona. De reojo lo primero que me percaté, es que era una mujer, y vestía de blanco… Me quedé pasmado y tragué saliva, se me vinieron a la mente esos pensamientos de la anciana muerta y dudé en voltear; pero mi curiosidad ganó y voltee repentinamente. La mujer estaba a unos centímetros del vidrio y sentí un escalofrío cuando la vi, comencé a sudar frio y me habló. Con una voz muy clara, su aspecto pálido denotaba que a pesar de la edad y el cabello canoso, parecía joven y con unos ojos grises inquietantes.

Me pidió llevarla a algún lado, por supuesto que no podíamos hacer eso y antes de que pudiera responderle se sonrió y camino hacia atrás para perderse en la obscuridad del monte que estaba por un lado del camino, lo extraño es que al desaparecer parecía que se apagaba como si de ella emanara una luz.

Al comprender lo que estaba ocurriendo, cerré fuertemente mis ojos y mi corazón se salía del pecho. Unas gotas de sudor me recorrieron el rostro y empecé a temblar de miedo. Tenía que vencer mi miedo, así que respiré hondo y baje rápidamente de la unidad sacando mi Beretta y apunté con ella apoyándome en la lámpara de mano que iluminó la zona donde había desaparecido aquella mujer.

En eso escuché el crujir de ramas a mi derecha y apunte con el arma y la lámpara, al ver que era mi compañero dejé de apuntar y respiré tranquilo. Venia caminando con el arma desenfundada y su aspecto era de preocupación y su rostro pálido confirmaba su estado alterado. Al llegar me dijo sin decirme nada que subiera al vehículo y que arrancara. Así lo hice pisé a fondo el acelerador y salimos corriendo de ahí. Luego de conducir por un rato, paré y me quedé viendo a mi compañero que venía muy tenso y nervioso. Luego de que se calmara y sin que lo preguntara comenzó a decirme que mientras dormía había escuchado algo entre el monte, como unas voces y ruidos que hicieron que bajara del vehículo a investigar. Se metió entre el monte con el arma desenfundada. Al no encontrar nada enseguida escucho el timbre del teléfono y mejor se devolvió por donde había entrado y al ver el vehículo, me vio a mi dentro y afuera estaba la presencia de la mujer que se agachaba para hablar conmigo. El verla al principio no le produjo nada; pero a medida que se acercaba notó que su vestimenta blanca era algo etéreo que parecía transparentarse en la realidad y peor aún levitaba en el aire ya que no tenía ni pies ni piernas. Y enseguida de esto se fue retirando hacia atrás para desaparecer en la obscuridad.

Nos había tocado ver a la anciana atropellada, y no podíamos creerlo. Quedamos en no contarle a nadie lo sucedido y son pocos los que han durado en cubrir el cuadrante 43, ya que todos los patrulleros han sido testigos de esta aparición.

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EL PERRO – Relato basado en hechos reales

EL PERRO (#408 – 25/07/2017)
Relato basado en hechos reales, contado por Abigail Justiniano
Escrito y Adaptado por Eduardo Liñán.

Fue en el verano del 2000, en el mes de Julio, tenía 17 años. Era época vacacional de invierno en Bolivia, Así que mi familia y yo emprendimos un viaje al pueblo de mis abuelos en los valles cruceños, un área rural rodeada de laderas y vegetación en los que te hundías en un ambiente de relajación agradable a los sentidos. Cada año emprendíamos el viaje para escapar del barullo de la ciudad y perdernos por unos días en aquellos lugares remotos, llenos de carencias; pero felices de poder se parte de él.

Así que salimos muy temprano; aunque más tarde de lo previsto. Cuando llegamos a la región ya estaba obscuro a pesar de ser temprano aun. Mi padre no manejaba en esas condiciones asi que decidimos pasar la noche en una de las casas de mis abuelos en la orilla de unos montes escapados y cercanos al pueblo donde ellos vivían. La casa era rústica, de madera con techo de lámina y con pocas prestaciones. Solo había una cama donde dormían mis padres, mientras que mi hermano y yo lo haríamos en el piso de madera de la vivienda. Cenamos algo de lo que ya llevábamos, en la alacena no había gran cosa y mi mamá tuvo que encender la estufa de leña para calentar algo de la comida, mientras esperamos a que llegaran mis abuelos y un par de tíos a la casa. Entre charlas y risas el cansancio nos venció, como ya era muy tarde mis familiares decidieron quedarse en la casa a dormir. Así que nos acomodamos para descansar y por la mañana emprenderíamos el camino al pueblo a la casa grande de los abuelos.

La obscuridad del lugar y los ruidos nocturnos del monte nos comenzaron a arrullar, apenas iba entrando en el sueño profundo cuando un ruido extraño inundó el ambiente. Fue un llanto, alguien se había quejado afuera en el patio de la casa, el cual era bastante amplio. Me alerté y me paré buscando entre la obscuridad el origen del sonido. No fui la única, mis papás también se alertaron y mientras mi padre miraba por la rendija de la ventana hacia el exterior. Mi mamá exclamó:

– ¿Escucharon eso?

Tanto mis abuelos, mis tíos y yo contestamos al unísono y susurrantes que si habíamos escuchado, Y nos quedamos en total silencio, luego de un rato se volvieron a escuchar los llantos; pero esta vez eran más fuertes y eran lamentos de dolor, de una mujer a la que le estaban causando algún daño. Algo raro porque no había vecinos a la cercanía, solo nosotros estábamos ahí. Cuando los lamentos se comenzaron a escuchar más cerca yo empecé a tener temor y abracé a mi abuela que estaba también tensa y helada.

Todos estábamos petrificados y no queríamos movernos, mi padre aún continuaba viendo por la ventana y mi abuela le advirtió que no espiara que quizá sería algún espectro que merodeaba en el monte intentando llamar la atención para hacernos salir de la casa, las consecuencias de hacerlo podrían ser funestas. A todos se nos espantó el sueño y no sabíamos que hacer, no queríamos movernos, ni siquiera respirar. Los lamentos se escuchaban a veces cerca y luego lejos. Haciendo más tenso el momento y la locura comenzaba a asomarse en mí, quería salir corriendo; pero ¿A dónde? Mi abuela apretaba mi mano también con algo de pánico y poco a poco el cansancio nos comenzó a vencer, quedándonos dormidos y teniendo en cuenta que los lamentos no nos harían daño; pero entonces sucedió algo horrible.

Una leve ventisca comenzó a sentirse en el exterior. Las ramas de los arboles rascaban el techo de lámina de la casa haciendo un ruido escalofriante y algunas cosas comenzaron a caerse por el viento que poco a poco comenzó a arreciar, tanto que de forma intempestiva las puertas de madera de la entrada principal se abrieron de par en par tirando la aldaba por el piso. El escándalo y nuestros gritos hicieron un caos; pero casi al instante nos quedamos todos callados y petrificados ante la obscura presencia de un perro negro que estaba afuera de la puerta. Era grande y cubierto de un pelaje negro y grueso que contrastaba con un par de ojos brillantes que parecían emitir tenues llamas que lograban iluminar un hocico provisto de amenazadores dientes. Gruñía y parecía estar ahí estático como esperando que alguien se moviera para atacarlo. Los gruñidos eran raros, parecía que lo hacían varios animales a través de ese ser infernal.

No sé cuánto tiempo pasó; pero apenas el perro movió una pata para introducirse en la casa. Los que estábamos en el piso brincamos de susto y corrimos a la cama junto a mis padres que estaban al otro extremo, mi tía que era la más arrojada, corrió a la cocina por una escoba y tratar de asustar al animal. Usando toda su adrenalina tomó firmemente el palo de la escoba y corrió dando maldiciones al animal que al verla se dio la vuelta y corrió hacia el patio y mi tía tras él. Todos le gritamos frenéticamente que no lo hiciera y aun así salió de la casa y desapareció en la obscuridad.

Pero no tardó mucho en dar un grito que alertó a mi abuela y se paró corriendo; como la tenía agarrada, no la solté y salí junto con ella, suplicándole que no lo hiciera. Corrimos unos pasos entre la oscuridad del patio y vimos a mi tía parada viendo algo y agarrando la escoba, temblaba. Cuando mi abuela se acercó a preguntarle que había pasado, con un dedo tembloroso y con la boca trabada de miedo, señaló algo y al mirar nos sorprendimos y mi abuela se persigno asustada.

Frente a nosotras había varias cruces hechas de ramas enterradas. Estaban perfectamente acomodadas en el suelo de tierra y parecía que estuvieran invertidas. Aun con la impresión de ver aquello jalamos a mi tía para que se metiera a la casa. Apenas íbamos cuando vimos que el animal corría para meterse a la casa ladrando y haciendo ruidos extraños. Corrimos con el alma en un hilo y al entrar todos estaban espantados diciéndonos que el perro se había metido debajo de la cama.

Era imposible, la cama no tenía tanto espacio abajo para que el enorme animal se metiera. Mi tía frenética comenzó a asestar escobazos por debajo del colchón y la bestia parecía gruñir y morder el palo de la escoba. Nadie quería acercarse, todos teníamos el temor de ser atacados por la horrible bestia. Después de un rato de estar luchando con el perro. Todos intentaron levantar la cama para sacarlo y darles de palos; pero antes de que pudiéramos hacerlo el animal salió de improviso volteando la cama y corriendo a la salida. Antes de que pudiera hacerlo se abalanzó sobre el abuelo y lo miró con mucha furia, haciendo sus gruñidos infernales. El viejo se paralizó y el animal corrió para salir de la casa. Al hacerlo mis tíos presurosos cerraron las puertas con un pesado baúl y acomodamos todo. Por esa noche no pudimos dormir, en el ambiente se había quedado un hedor a perro y a mierda que era insoportable. A pesar de eso no quisimos abrir las ventanas temiendo que el animal regresara. No lo hizo; pero los lamentos continuaron y se escuchaban a lo lejos haciendo más tensa la situación. Entonces algo inusual se le ocurrió a mi abuela. Ella decía que las ánimas y los entes no soportaban el hedor humano como los orines o el excremento, así que en un acto desesperado se orinó en un vaso y regó el contenido en la puerta y ventanas. Por extraño que pudiera parecer funcionó y los lamentos, además de los gruñidos fueron desapareciendo mientras avanzaba la noche.

De algún modo amanecimos dormidos. Todos estábamos espantados y más mi abuelo que quizá se llevó la peor parte al ver de cerca al perro infernal. Nuestras intenciones de quedarnos se vinieron abajo al ver las cruces enterradas en el patio y las pisadas de las patas del perro. Estábamos aterrados y llenos de un espanto tan terrible que todos enfermamos de la panza. No lo soportamos y ese mismo día regresamos a la ciudad. Nadie mencionó nada del hecho durante el trayecto, un silencio incómodo gobernó durante el regreso y al llegar a la casa. Cada quien se encerró en sus habitaciones sin la intención de salir. Poco a poco comenzamos a recuperarnos del susto, hasta que 3 días después mi tía habla y nos avisa que el abuelo había muerto de un infarto, producto de la impresión de ver tan cerca a la muerte que, finalmente se lo llevó. Al funeral solo fueron mis padres, tanto mi hermano y yo no quisimos ni por un segundo volver al valle y pasó mucho tiempo antes de que pudiéramos hacerlo.

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APARICIONES basado en experiencias reales

APARICIONES (#409 – 01/08/2017)
Relato basado en experiencias reales de Edgar Ortega
Escrito y adaptado por Eduardo Liñán.

Hace algún tiempo entre a trabajar como cirujano en el Hospital Central de la Cruz Roja Mexicana en Polanco en la Ciudad de México. Como era recién egresado de la carrera de medicina, se me dio la oportunidad de “hacer tablas” dentro de la institución y aunque la paga era muy poca, era una buena oportunidad para aprender y adquirir experiencia. Como era la costumbre con el personal de nuevo ingreso de inmediato me mandaron al turno al área de quirófano y como el personal con el que trabajaba la institución era mínimo también me tocó apoyar al personal de la Central de Equipos y Esterilización (CEYE).

Lugar en el que se procesaba el instrumental quirúrgico y de curaciones para su esterilización. Las primeras noches de guardia fueron extenuantes para mí a pesar de no tener muchas intervenciones, dormía un par de horas a veces y después de una cirugía extenuante. Como los turnos eran bastante largos y en ocasiones si teníamos mucho trabajo los compañeros y yo, dormíamos debajo de las mesas para el instrumental o en los pequeños cuartos donde almacenábamos los insumos médicos. Eran unas 3 horas durante la madrugada, a veces menos las que podíamos dormir. Lo anterior sucedió en una época en que el hospital estuvo recibiendo heridos de gravedad por accidentes o avezados suicidas que se arrojaban a las vías del metro y no conseguían su objetivo. Muchas veces eran cirugías mayores o de reconstrucción dada la gravedad de las heridas y esas intervenciones nos dejaban agotadísimos y más cuando era una tras otra.

Fue en una de esas ocasiones en que termínanos una cirugía de madrugada, el reloj marcaba las 3:03 de la mañana y nos apurábamos para procesar el instrumental utilizado para su esterilización y poder dormir un poco en tanto llegaba otro paciente de gravedad. Luego de terminar nuestra labor; el medico de turno, una enfermera y yo nos acomodamos bajo unas mesas de inoxidable de la sala de médicos para dormir y apenas había puesto la cabeza en unas sábanas, cuando el silencio de la sala fue interrumpido por el grito de una mujer que hizo eco en la habitación.

“Va a pasar una laparotomía exploradora…”

Todos nos paramos inmediatamente para prepararnos y recibir la solicitud de la sala de los anestesiólogos que eran los primeros en llegar y coordinar los tiempos de intervención; pero al salir de la sala no había nadie en los pasillos y tampoco en el área de urgencias. Me dirigí entonces donde se reunían los anestesiólogos y les pregunte sobre el aviso. Ellos con mirada extrañada y pensando que quizás había alucinado me dijeron que no habría tal, que no había llegado nadie con esa urgencia.

Me regresé a dormir junto con mis compañeros, pensando que todo era una broma, o alguien nos quería fastidiar, no pensamos más y nuevamente apagamos la luz para dormir; pero de nueva cuenta el grito femenino avisándonos, ahora pareció haber venido del interior de la sala de cirugía. Por lo que un compañero se metió a la sala para prepararla en tanto me despertaba para que lo apoyara en instrumentar la intervención. Nos dirigimos entonces a prepararnos en los vestidores y extrañamente no había nadie, las luces apagadas y ni señales que alguien hubiera estado ahí. Al terminar de prepáranos nos fuimos a buscar a los anestesiólogos que al vernos se sorprendieron por estar vestidos para cirugía y de nueva cuenta nos confirmaron que no habría, Eso colmó mi límite de paciencia y proferí algunos insultos al aire. Molesto me regresé no sin antes pensar en quien había pedido la sala.

Me dispuse de nuevo a dormir con la ropa puesta, dejamos todo el instrumental listo en la sala. No habíamos apagado las luces cuando nos avisan que entraría una cirugía, sin creerlo mucho me paré pesadamente esperando que no fuera una broma y en efecto, el paciente ya estaba en el transfer del quirófano, venia grave. Lo habían asaltado y le propinaron varias puñaladas dañando el hígado y el bazo, provocándole sangrado interno, por lo que le transfundieron varios paquetes de sangre y suero.

Luego de varias horas de cirugía, al término el cirujano encargado se sentó y nos dijo que la persona fue afortunada de que tuviéramos todo listo para intervención, nos felicitó ya que de no hacerlo el paciente hubiera muerto. Nosotros pensábamos quien en realidad nos había avisado, todo fue muy extraño. Mientras mi compañero limpiaba al paciente de la sangre del resto de su cuerpo, se dio cuenta que tenía un tatuaje de la muerte en todo el brazo derecho, al verlo parecía notarse como ese cráneo dibujado te miraba con el par de cuencas vacías, era inquietante.
Pasaron un par de días después, el paciente de la intervención estuvo en terapia intensiva; pero no lo logró su cuerpo colapsó y finalmente murió. Es no hubiera sido extraño, muchos pacientes morían a diario por causa de las heridas. Lo siniestro empezó luego de que trasladaran el cuerpo y lo entregaran a sus familiares.

Varios compañeros empezaron a externar que el ambiente en el área de cirugía se comenzó a enrarecer, en muchas ocasiones veían sombras que iban y venían por los pasillos o se metían a la sala de cirugía en donde veían las puertas de vaivén moverse solas, las cosas como el instrumental médico se caía haciendo su ruido metálico en el piso sin que nadie lo tocara y eran constantes sobresaltos y espantos los que sufrían las enfermeras y médicos del área, incluso se pensó en bendecir la sala, cosa que era imposible o descabellado hacerlo. Pero el temor y la ansiedad se apoderó de muchas personas por lo que podían experimentar o sentir a partir de la muerte de ese paciente.

Al principio yo era escéptico al respecto, había escuchado muchas leyendas y cuentos sobre hospitales y nunca las creí hasta una noche que me quedé dormido sobre una mesa de trabajo en la sala de cirugía. Recuerdo que el clima enfriaba de una manera tal, que comenzó a calarme y me tapé con una manta térmica que había ahí para los pacientes. Mientras intentaba dormir, debido al cansancio que tenía no podía hacerlo, dormitaba en tanto escuchaba el siseo de los climas funcionar y el aire frio me incomodaba. En cierto momento escuché como las puertas de vaivén del recinto se abrían y cerraban y al mirar no había nadie ahí, pensando que quizá había sido algún compañero decidí acomodar la cabeza y mientras entraba en sueño profundo siento como algo tomó mi cabeza y la hacia atrás en un rápido movimiento como para ponerme una sonda respiratoria. Alertado de sentir eso me desperté y casi brinqué de la mesa para encender las luces. No había nadie, ni siquiera en el pasillo afuera de la sala; pero estaba seguro que había sentido esos dedos fríos sobre mi rostro y cabeza intentando someterme para meter en mi boca la sonda. No lo imaginé, todo lo sentí real y mi temor hizo que me retirara de ahí a donde hubiera gente. No deseaba quedarme solo.

Lo siguiente que me enteré fue de una compañera de confianza que estaba muy preocupada por un paciente post operado al que estuvo atendiendo, era estable y le estaba aplicando unos cuidados rutinarios para monitorearlo. En cierto momento una extraña sensación de tener a alguien a un lado la invadió. Su piel se erizó al sentir algo extraño que parecía estar respirando en su nuca con un aire frío que la inquietó, sin tomarle importancia siguió con lo suyo y el paciente abrió la boca al tiempo que entró en un paro respiratorio, desafortunadamente murió. Lo extraño es que nada indicaba la causa de su muerte todo estaba bien hasta el punto en que la enfermera sintió esa presencia en el cuarto. El rigor mortis de ese paciente lo dejó con la boca abierta de una manera siniestra, la cual no se le pudo cerrar para poder amortajarlo. Sin respuestas, el paciente fue puesto en la morgue para su posterior inhumación.

Con el tiempo me salí de la Cruz Roja y empecé a trabajar en otros hospitales, sin que me sucedieran cosas desagradables; pero si pude escuchar rumores e historias en los pasillos de los nosocomios, como la planchada o de ánimas errantes que no se querían ir de este plano o quizás no se habían dado cuenta que habían muerto. Tal situación la supe en el hospital en el que actualmente trabajo en el Estado de México. Recién había llegado conocí a una señora que era intendente, muy amable y trabajadora con un “don” para la gente muy notable. En el hospital todo mundo la conocía y tenía una relación cordial con ella. Cierto día la señora enfermó repentinamente y durante la guardia tuvo una crisis que la hizo vomitar sangre en el pasillo y derrumbarse por la enfermedad, los médicos decidieron internarla en urgencias para valorarla y tenerla en observación; pero se le dio de alta a las horas siguientes, se fue a su casa donde finalmente murió. Pero al paso de los días los compañeros comenzaron a manifestar que de tanto en tanto podía ver sombras cerca de los contenedores de basura en donde ella tenía sus cosas de limpieza. Algunos deducían que ella seguía ahí, cumpliendo con su labor aun después de muerta. La verdad es que su presencia de pronto se podía observar en los obscuros pasillos del nosocomio y aun puede sentirse.

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LA PROMESA – Relato basado en hechos reales

LA PROMESA (#410 – 03/08/2017)
Relato basado en hechos reales contado por Nita Xtillo
Escrito y Adaptado por Eduardo Liñán

Espinazo, Nuevo León 1930. José Fidencio Constantino Sintora mejor conocido como el niño Fidencio había ganado notoriedad a lo largo del país como un “iluminado” que sanaba a la gente con medicina “invisible” y mucha gente visitaba este lugar con la esperanza de la sanación a males de diversa índole. Con el paso del tiempo el poblado fue creciendo y se volvió centro de peregrinación que congregaba a miles de personas que buscaban un milagro realizado por el “niño”. Mucha gente aprovechando el momento se estableció en el pueblo realizando diversas actividades comerciales como vendimia de objetos esotéricos, servicios para las personas o comida. Una de estos emprendedores era una señora conocida en ese lugar como “La chata”.

Ella tenía una fonda de comidas en las que atendía a los visitantes de Espinazo. Era una mujer madura y amable, siempre con una sonrisa y dispuesta para el servicio. Durante casi todo el día preparaba alimentos en compañía de otras mujeres que le ayudaban en la preparación, Todo el día estaba lleno en la fonda de “Doña Chata” el cual era un techado de madera cuyas mesas eran tablones y banquitos hechos con huacales de tomates, cuyo piso era de tierra y al entrar olía a aceite viejo y sopa de fideos con frijoles que era lo que comúnmente servía en su fondita todos los días acompañado de un guisado de carne o puerco y un vaso de agua de frutas, preparados en una rustica cocina hecha de adobes y olla tiznadas por la leña. Todo parecía prospero en la fonda; pero doña Chata tenía una tribulación que pocos conocían.

La Chata tenía una hija adolescente, que comenzó a enfermar continuamente. Ella le ayudaba en la fonda y era muy bonita, Su belleza era reconocida por los comensales y algunos de ellos la cortejaban sin éxito, ya que siempre estaba bajo el ojo vigilante de su madre. La primera vez que enfermó pudo subsanar la aflicción; pero cada vez era más constante el hecho de cayera en cama por cualquier cambio en el clima o por algo que comía, su salud y su aspecto comenzó a decaer notablemente y aquella belleza juvenil de pronto se tornó pálida y marchita. Su angelical rostro ahora era un reflejo ojeroso de los males que la aquejaban, al igual que su cuerpo cada vez más delgado por los vómitos y la deshidratación. La señora no reparó en darle vitaminas, remedios herbolarios y caseros que le recomendaban los viajeros, nada de eso funcionada y la salud de su hija cada vez era más preocupante, ya que los médicos incapaces de aliviarla solo le daban medicinas para atenuar los síntomas; pero no remediar el problema que hasta ese momento desconocían.

Cierto día llego una gran peregrinación al pueblo de Espinazo, un gran tren de pasajeros llegó atestado de gente que buscaba las bendiciones y los favores del niño Fidencio y como era de esperarse la fonda de Doña Chata se vio atiborrada de gente hambrienta. No hubo un momento de descanso ese día y seria ya de madrugada que al fin pudieron cerrar la cocina al irse el último cliente a pernoctar en las calles. Todas las mujeres estaban rendidas y decidieron entonces dormir en el techado, por lo que acomodaron petates al fondo de la cocina, que era el único lugar que tenía un piso de madera. Después de acomodarse tanto ella como su hija, las demás mujeres cayeron en un instante en un sueño profundo y comenzaron a roncar. Mientras que Chata, pensaba en lo que daría de comer por la mañana, poco a poco comenzó a tener pesadez en sus ojos y la somnolencia llegó a ella en breves instantes. Apenas iba a quedarse profundamente dormida cuando notó que algo pesado cayó en el piso de tierra de la fonda e hizo retumbar el suelo, alertada abrió los ojos para ver de dónde había provenido el ruido y estaba todo obscuro, sin embargo sus sentidos se alertaron al darse cuenta de algo escalofriante.
El petate de su hija era arrastrado lentamente hacia la calle, era la sombra de algo que estaba de pie frente a ellas, era completamente negra y la luz de la luna que iluminaba el interior y la calle no se reflejaba en ella, por lo que el horror invadió cada fibra de Chata. Su rostro y su boca paralizada por el miedo se relajó para emitir con una voz entrecortada unas preguntas:

—¿Quién eres?¿Qué quieres?

Luego de decir esto último la sombra se detuvo y el lento arrastrar del petate dejo de romper el silencio. El corazón de Chata latía de una manera tal que sintió que se le salía del pecho al ver que la sombra comenzó a caminar hacia la salida del tejaban. La mujer quedó en un estado de shock durante un buen rato y después de recuperar el aliento, lloró desconsoladamente abrazando a su hija, y mientras pasaban los minutos se quedó profundamente dormida. Por la mañana se despertó alertada al sentir que una de sus ayudantes la movía para que se incorporase. Luego de pensar en lo que había pasado durante la madrugada revisó a su hija y seguía igual de enferma. Sin demora dejó encargada la fonda y se fue a buscar a un curandero amigo de ella, al cual le contó la experiencia de la sombra y su intento por llevarse a su hija.
Luego de hacerle una limpia y preparar algunos conjuros con piedra alumbre y copal pudo determinar algo que no era muy comprensible para Chata y le dijo con mucha seriedad a la mujer luego de jalarle al cigarro que tenia encendido entre los labios.

— Tú hiciste una promesa Chata, una promesa que no has cumplido, ese espíritu que vino anoche a tu casa vino a reclamar algo que no has dado, de tal suerte que se quiere llevar a tu hija en pago. Veo que prometiste flores y oraciones en una tumba y no las llevaste. Hasta que tu no pagues ese juramento, el espíritu que merodea tu casa se llevará tu flor más preciada, haz esto que te digo: en el umbral de la entrada coloca un frasco grande con agua y cambia de lugar con tu hija en la noche y dile al espíritu lo que te voy a escribir.

Al salir de jacal del curandero, Chata venia pensativa. No recordaba haber hecho alguna promesa a ningún muerto o persona; pero le inquietaba mas el hecho de que aquello se cobrara con la vida de su hija, en el pueblo era común ver o sentir esas apariciones, toda la comunidad estaba cargada de una energía mística que pocos comprendían y todo emanaba del niño Fidencio. Casi al llegar a la fonda una corriente helada la alertó y de pronto recordó quedándose sorprendida y gritó para sí misma:

“Mal haya sea la comadre Reyna…”

Entonces a su mente la invadió un recuerdo. Cuando recién había llegado a Espinazo, llegó acompañada de su comadre Reyna Hernández. Ambas habían arribado al pueblo con la promesa de trabajo y un futuro esperanzador, sin embargo ninguna de esas cosas les tocó en suerte y tuvieron que trabajar en lo que fuera para sobrevivir. En una plática y luego de una larga jornada de trabajo en unos comederos, la comadre Reyna agobiada por todo lo que estaban pasando y sintiéndose enferma le pidió encarecidamente Chata que si ella moría antes, le llevara un ramo de rosas blancas a su tumba y le rezara unas oraciones para el descanso de su alma. Chata adormilada por el cansancio respondió un “si” sin escuchar del todo a la comadre. Pasó el tiempo y Reyna se enamoró y se casó con un peregrino, se fue con él a Saltillo. Luego de despedirse, nunca más la volvió a ver o a saber de ella.

Luego de pensar en esto último Chata intuyó que la comadre había muerto y regresado del mas allá a hacerle cumplir la promesa que le había hecho años atrás. Al caer la noche y luego de cerrar la fonda. Chata hizo lo que el curandero le ordenó y colocó el agua en la entrada y cambió de lugar con su hija que apenas se daba cuenta de lo que hacía su madre por lo enferma que estaba. Espero ansiosa a que el espíritu de la comadre apareciera durante la madrugada y así fue. Los ladridos frenéticos de los perros seguido de un vientecillo que movía las hojas de los arboles, le anuncio que el ánima de la comadre había llegado.

Sintió un frio de muerte y el corazón comenzó a latirle aceleradamente en tanto sentía como el petate en donde descansaba se movía lentamente hacia el umbral de la puerta. Sin querer abrir los ojos, los apretó fuertemente y tomó valor para gritarle al espíritu

—Comadre, se a que has venido, por esto te digo que te llevaré tus flores y tus oraciones, descansa y déjanos descansar en paz. —Exclamó Chata.

El silencio era sepulcral; pero las sensaciones que Chata percibió fueron perturbadoras, una sensación de frío inundaba su rostro, pensando que quizás el espíritu estaba cara a cara con ella, empezó a temblar y apretar fuertemente sus manos esperando lo peor. Luego de un rato escuchó como una voz de ultratumba sonaba cerca de su oído al tiempo que le decía:

“Es una promesa…”

Luego de esto, comenzó a sentir calor de nuevo y el sonido de los ladridos y el viento ya no se escucharon más. Pensando que el ánima de su comadre se había ido abrió los ojos solo para verse rodeada de obscuridad y acompañada por su hija, la cual dormía profundamente. Notó extrañada que el frasco de agua que había dejado en la puerta burbujeaba y al acercarse se percató que este estaba hirviendo como si lo hubieran puesto en la lumbre. Respiró profundo y sintió una gran alivio al verse sola con su hija, el ambiente estaba tranquilo y se acostó para agarrar el sueño.

Al llegar la mañana lo primero que hizo fue encargar a su hija y a la fonda a sus ayudantes y tomó el tren con rumbo a Saltillo para buscar a su comadre Reyna. Al llegar preguntó por varios lados por la mujer y en efecto se enteró que tenía dos meses de haber muerto y que su cuerpo había sido enterrado en el panteón. Al llegar llevaba un gran ramo de rosas blancas y las aventó en el montón de tierra empalmada donde estaba enterrada la comadre al tiempo que decía:

“Ahí están tus pinches flores comadre. Espero que ahora si puedas y nos dejes descansar…”

Luego de hacer oración y despedirse de la comadre Reyna regresó a Espinazo y para su sorpresa, su hija estaba comiendo con gran prestancia, algo inusual; pero se veía mejorada y sus mejillas tenían color. Con el tiempo sus males raros fueron desapareciendo y la comadre nunca más hizo promesas que no podía cumplir.

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CANDELA – Relato basado en experiencias reales

CANDELA (#411 – 09/08/2017)
Relato basado en experiencias reales de Alejandro Carranza
Escrito y Adaptado por Eduardo Liñán.

Desde hace algún tiempo soy trailero, conozco muchas rutas del norte y estoy de base en una compañía transportista de Monterrey. Actualmente manejo un Kenworth y tengo una ruta que recorre varias ciudades fronterizas, llevando y trayendo mercancía; desde Laredo, Colombia, Monclova y Monterrey. Tengo unos 30 años en este oficio y he visto muchas cosas en la carretera, muchas de las cuales son por causa de las imprudencias de la gente y otras a las que podría llamar “extrañas” o sin explicación. Siempre fui escéptico; pero en el momento en que te suceden ciertas cosas tu mentalidad cambia. Este es uno de esos sucesos que me cambiaron las ideas para siempre.

Sucedió que en uno de tantos viajes tenía que recoger una carga en Monclova y había salido de Monterrey. Sin embargo antes de eso tenía que entregar otra carga con un compañero que estaba en el poblado de Colombia en la frontera con Estados Unidos. Así lo hice, me fui con bastante tiempo de sobra y al regreso me paré a descansar en Lampazos ahí tengo familia y un hermano. Él también había sido trailero hacia algunos años. Me pido que le diera un “raite” a Monclova en donde se quedaría un fin de semana antes de entrar a trabajar en una compañía transportista. De tal suerte que no tuve mayores problemas en llevarlo.

Al emprender el viaje a Monclova serían las 7 de la noche y el sol apenas se comenzaba a ocultar. Al llegar al entronque que conduce al poblado de Candela, comenzamos a platicar acerca de la vieja estación de trenes, en donde supuestamente se aparecían fantasmas o cosas sobrenaturales. Yo escéptico tan solo me reía de los dichos de mi “carnal”, al cual noté con un rostro de preocupación e intuía que el si creía en leyendas y supersticiones. Mi mamá alguna vez me contó que el “podía ver cosas” y que comúnmente andaba espantado por eso que supuestamente veía, yo siempre me burlaba de él diciendo que hacia eso para “no marchar”, aunque a veces tenia mis dudas sobre su condición. Llegó un momento en que la conversación se comenzó a hacer más acalorada y le propuse investigar en la estación sobre esas cosas, a lo que el renuente de principio se negó; pero al ver mis burlas agarró valor y aceptó la propuesta, así lo hicimos. Al llegar a la vieja estación Candela, parqueamos por un lado de las vías del tren que aun pasaban frente a la estación y nos dispusimos a recorrer el sitio.

La noche había caído y solo se veían algunas luces en el horizonte y los sonidos del monte nos invadieron, cigarras nocturnas y algunos grillos envolvían la vieja construcción con ecos extraños. En la entrada había un gran boquete, producto de un accidente que había tenido lugar hacia tiempo en donde un compañero trailero al quedarse sin frenos se estampó en la construcción; por lo menos esa era la versión que sabíamos aunque se especulaba mucho sobre ese incidente. El sitio estaba abandonado desde hacía mucho tiempo y eso se notaba en el aspecto interior. Como no pudimos entrar por ahí, rodeamos y había una abertura por donde se podía acceder. Mi hermano estaba claramente nervioso y yo constantemente me mofaba de el por su nerviosismo, aunque confieso que en cierto momento y después entrar también me invadió un miedo extraño. La obscuridad del lugar se iluminó tenuemente con las lámparas que llevábamos y que apenas iluminaban unos metros delante de nosotros. El ambiente era raro, sofocante y hacía un calor seco, el olor a viejo y a polvo hizo que me sintiera incómodo y con ardor en la garganta. Dentro había cosas raras en el piso, había restos de carbones, huesos de animal y un sinnúmero de aves momificadas que estaban regadas por todos lados. Había un acceso a la parte superior; pero carecía de escaleras. De algún modo las habían derribado y había quedado un vestigio de las mismas grabado en la pared.

Al no encontrar nada preferimos salir, el calor agobiante nos hizo sudar y ponernos algo nerviosos, entonces sucedió algo extraño al momento de salir. Escuchamos un murmullo en el interior, ambos nos alertamos de escuchar una voz susurrante que nos decía: “Hey”. La escuchamos al mismo tiempo que salíamos y tan solo nos quedamos viendo uno al otro en tanto mi hermano se ponía pálido del miedo y yo nervioso porque no comprendía como es que habíamos escuchado ese murmullo en el interior, quise pensar que se trataba de alguien; pero no quise regresar. Rodeamos la estación para abordar el tráiler y mi hermano se adelantó en tanto orinaba en uno de los arbustos que había por ahí. Miraba las estrellas en el firmamento y veía luces a lo lejos en la llanura desértica, luces que parecían moverse erráticamente subiendo y bajando por los matorrales que se levantaban en el horizonte. Sin darle importancia me dirigí con mi hermano y
Esperaba verlo en la unidad, en cambio estaba parado en medio de las vías del ferrocarril y veía fijamente al horizonte, su cuerpo estaba en total tensión y en su rostro se reflejaba el temor.

Al voltear para ver qué era lo que veía, mi cuerpo se erizó al ver que a unos metros más adelante había una especie de bola de fuego que flotaba por en medio de la vía y que parecía estar estática, brillaba con un fuego blanquecino y naranja que le daba un aspecto inquietante, ambos no queríamos ni siquiera respirar y así como esa cosa estaba ahí frente a nuestros ojos se fue desapareciendo lentamente hasta perderla de vista. No sé cuánto tiempo estuvimos ahí parados viendo fijamente a la obscuridad; pero el primero en reaccionar fui yo, sacudí a mi hermano que estaba helado para que reaccionara y me fui para el tráiler. Entonces sucedió lo impensable.

Una ligera ventisca comenzó a mover unos pequeños árboles que crecieron junto a la estación y ese viento comenzó a arreciar un poco levantando una polvareda leve que inundó el lugar, mi hermano dio unos pasos sobre la vía y de pronto lo escuchamos: entre el sonido de la ligera ventisca pudimos oír un rechinido metálico, no era fuerte; pero si muy claro de algo que tallaba las vías y las hacia rechinar. No terminaba de impresionarme cuando vi con preocupación que mi hermano era empujado por una fuerza invisible y lo tiró violentamente por un lado de los durmientes de la vía del tren. Algo totalmente fuera de toda proporción y entonces lo comprendí, la escalofriante verdad se me presentaba ante mis ojos y haciendo pedazos mi entendimiento. Lo que veía y escuchaba era ni más ni menos que el “tren fantasma”. Esa vieja leyenda que circulaba de aquí y allá por los caminos de Candela y sus alrededores, era cierta. Lo escuché y sentí ese viento que hacia una locomotora invisible y los ruidos de las ruedas del tren haciendo rechinidos en las vías. Aquello fue muy rápido pero se me hizo una eternidad. Me quedé paralizado, aferrado al volante y mi hermano como pudo se paró y se subió doliéndose a la unidad. En cuanto lo hizo imprimí marcha y me alejé rápidamente de ahí, cruzando la vía a toda velocidad. Con el temor de que el vehículo perdiera impulso y nos quedáramos varados ahí.

Mientras iba iluminando por el camino e imprimiendo marcha, mi hermano no dijo nada, estaba en shock viendo al horizonte sin hacer ningún movimiento. De tanto en tanto podía ver esas malditas luces a lo lejos que parecían acompañarnos en todo el camino y que intuía fue, lo que vimos flotando en las vías del tren. No le hallé explicación a eso y menos al ruido metálico y a la ventisca que de pronto se dejó sentir, era imposible; pero lo habíamos experimentado. Al llegar al pequeño pueblo de Candela paré en la estación de gasolina para calmar los nervios y beber algo azucarado para el susto. Mi hermano se bajó del tráiler y se fue inmediatamente al baño en donde se quedó por un buen rato, al irlo a buscar estaba llorando y claramente perturbado por lo que habíamos pasado, le di un poco de refresco para que se calmara y nos enfilamos para Monclova.

Al llegar, era de madrugada y él se bajó en una colonia de la entrada, llegaría con unos compadres que vivían en la cercanía de la carretera. Antes de bajar me dio las gracias y comenzó a caminar con pasos lentos. El lugar estaba totalmente obscuro y con calles polvosas que hicieron que él se perdiera rápidamente en el silencio y soledad del lugar. Tristemente nunca más lo volví a ver, supe por algunos familiares que debido al susto que se llevó en la estación se enfermó de diabetes y al poco tiempo murió en un accidente de carretera. Yo en lo particular cambié mi manera de ver las cosas después de ese hecho extraño, puedo asegurar que Estación Candela guarda cosas y a sus alrededores suceden fenómenos extraños que no tienen explicación. Las pocas veces que he vuelto a pasar por ahí ha sido de día y jamás de noche. Y el lugar permanece ahí, su fachada no refleja el paso del tiempo y sigue envuelto en un halo de misterio que quisiera no develar en lo futuro. Sobre el tren fantasma puedo también afirmar que vi y escuche algo extraño. Si alguna vez visitan este lugar pongan atención quizá, puedan escuchar el sonido de los frenos de una bestia metálica rechinar en las vías indicando que en otro tiempo hacía su aparición en aquellos lugares, con penetrantes aullidos y temblores de tierra que estremecía casas y personas.

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DESPEDIDA – Relato basado en experiencias reales

DESPEDIDA (#412 – 09/08/2017)
Relato basado en experiencias reales de: Lizeth L. Olveran
Escrito y Adaptado por Eduardo Liñán.

Me desempeño como médico general en una clínica de la Ciudad de México, y he visto un sinnúmero de situaciones tristes, milagrosas y hasta extrañas en las que la razón no les haya explicación. Hace tiempo cuando realizaba mi servicio social en uno de tantos hospitales generales. Conocí a un joven médico que al igual que yo realizaba sus prácticas en el mismo lugar. De trato amable y de sobrado interés por el servicio, de tal suerte que mantuve una estrecha y sincera amistad con él. Nuestros lazos comenzaron cuando estuve en el área de urgencias y posteriormente fui reasignada a otra área del hospital sin embargo continuamos viéndonos, aunque con poca frecuencia por nuestros turnos.

Fue hasta que un día que firmaba un pase de salida con la médico responsable del área donde estaba que sentí una rara sensación que no había sentido desde hace mucho, era una opresión un presentimiento de algo malo; pero obvio no sabía que, aquello solo podía significar que alguien cercano iba a morir o enfermar y así fue. Apenas terminé de sentarme en una silla para mitigar la abrumadora sensación cuando una médico compañera de él entra en la oficina con una mala noticia. Mi amigo había sufrido un serio problema cerebral y se encontraba grave, de tal manera que lo internarían en el área donde estaba de turno y que estaría a cargo de la doctora que me firmaba el pase. Así de incierto era el destino y eso me produjo una opresión en el pecho que me hizo estremecer de tristeza, recuerdo que era un fin de año.

La triste tarea de revisarlo me tocó a mí, estaba en observación con sus ojos cerrados y hacia ruidos con su boca intentando decir algo, sus movimientos eran torpes y no reconocía a nadie, el atenderlo era una tortura para mí, sentía que me iba a derrumbar y más porque en su condición no mejoraba, el diagnostico era desalentador, su cerebro tenía un daño progresivo e irreversible. Al paso de dos agobiantes semanas un 31 de diciembre que llegaba a mi turno me informaron que mi amigo no lo había logrado y finalmente murió. Algo en mí se quebró, estaba abrumada y aguante el llanto lo más que pude durante todo el turno. Al salir lo primero que hice fue comprarle unas flores y llevárselas a donde lo estarían velando para darle el último adiós.
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Al llegar a la funeraria serian como las 2 pm y extrañamente no había nadie en las capillas velatorios. El lugar era muy lujoso con muchas prestaciones para los dolientes. El estar en las salas era muy confortable y silencioso. Al estar frente a la sala donde estaba su ataúd no evite sentir el aire helado que salía del clima y sentí que me empequeñecía al verlo ahí. Me fui acercando poco a poco y mientras caminaba una rara sensación me invadió de nuevo, no quería verlo tendido; pero sería la última vez que lo podría hacer. Decidí dejar las flores por un lado en un florero vacío, era extraño pero no había ninguna corona o arreglo como era lo habitual. Escribí una nota de despedida en un libro que había ahí para tal fin, mientras lo hacía, un duro sentimiento de perdido hizo que me sentara en uno de esos cómodos sillones y lloré mi duelo.

Tenía mis manos en el rostro y pensaba en el momento que conocí a mi amigo, recordaba y de pronto esa visión fue interrumpida por un crujir muy fuerte, fue el sonido de algo romperse que me alertó y al levantar la mirada no vi nada que se haya caído o roto. Me quedé en silencio y una vez más escuche el crujido, entonces para mi sorpresa me di cuenta que el ruido venia del interior del ataúd, aun no terminaba de digerir la impresión cuando escucho de nuevo el ruido; pero esta vez noté que la tapa del féretro se movía como si algo en el interior tratara de salir, eso hizo que me pusiera de pie alertada. Era imposible, eran mis nervios; caminé lentamente hacia el ataúd para cerciorarme y antes de que pudiera asomarme, escuche otro ruido atrás de mí. Al voltear vi que todo estaba apagado, la cocineta donde estaba una cafetera humeando, un par de baños cuyas luces permanecían apagadas, al principio pensé que alguien había llegado; pero solo se escuchaban murmullos en el exterior, estaba sola. Sentí un frío que me incomodó; la sala climatizada parecía un congelador y no podía subirle, así que me abrigué con mi saco y volví al sillón.

Al darme la media vuelta, me quede paralizada, sentí por un momento que mis piernas no me respondían y que de un momento a otro iba a caer ahí desmayada, mi corazón comenzó a latir fuertemente y sentí que se me salía del pecho. Frente a mi parado a un lado del ataúd se encontraba él, mi querido amigo muerto permanecía estático, rodeado de una especie de vapor blanco que parecía envolverlo como una vestimenta etérea que llegaba hasta el piso, su rostro era totalmente pálido como si el color en él hubiera desaparecido y fuera un punto gris sobre la realidad, sus enormes ojeras contrastaban con un par de ojos grises que se hundían en las cuencas de su cabeza. Y lo peor era ese semblante de tristeza y desorientación con el que me miraba fijamente, esa sensación me invadió y sentí que quería llorar y gritar; pero no de horror sino de aflicción.

El tiempo se detuvo para mí, no sé cuánto tiempo estuve mirando aquella visión fantasmal y mi cuerpo estaba pasmado sentí deseos de desmayarme, tirarme al piso o salir corriendo todo al mismo tiempo, tenía un conflicto interior al tratar de controlar mi terror, la impresión y la ansiedad de no saber qué hacer. Pasaron unos minutos y unas voces a mis espaldas hicieron que reaccionara de inmediato y volteara a ver de donde provenían. Sentí una breve sensación de alivio cuando vi entrar a varias personas a la sala al parecer familiares, al volver a ver al ataúd, el ánima de mi amigo había desaparecido. Luego de dar el pésame a los familiares, poco a poco se fue llenando el recinto de personas, estuve unas 2 horas en el lugar hasta que me marché a mi casa. Fue el peor fin de año de mi vida, estuve de guardia en el hospital y al salir quería descansar, eran las 2:30 am y apenas entré en mi habitación de nuevo me invadió esa sensación de intranquilidad y mi mente rememoro lo que había acontecido en la funeraria y desperté, en medio de la obscuridad y en el frío tremendo de mi cuarto.

Y de nuevo estaba parado frente a mi cama, observándome con el mismo gesto de desconsuelo. Estático y con la misma vestimenta etérea el borrón de la realidad que emanaba de él no me causó tanta impresión como la primera vez, solamente se presentaba y con la misma desaparecía, así estuve como por 3 meses, sintiendo su presencia y a veces presentándose ante mí, en el hospital no había diferencia, a veces lo podía ver caminar entre los pasillos, apresurado, como si en realidad estuviera vivo e hiciera lo que cotidianamente hacía; revisar sus pendientes y atender enfermos. A veces notaba que se paraba atrás de mi o de los médicos encargados como si en realidad estuviera atento de los procedimientos.

Todo lo anterior estaba volviéndome huraña e intranquila, siempre tuve una condición para ver o escuchar cosas; pero jamás ver literalmente el ánima de una persona materializarse como lo hacía mi amigo muerto. Era agobiante verlo a casi todas horas y en cualquier sitio. Desesperada y sin saber que hacer pedí ayuda para ayudarle a descansar en paz. Unas personas que se dedicaban a estas cuestiones me dijeron que lo primero que debía hacer era aceptar su muerte y le dejara de llorar, era cierto lo hacía casi a diario como llamándolo y deseando que estuviera conmigo. Después durante la noche encendí una veladora blanca e hice una pequeña oración en la que me despedí de él y le dije que necesitaba que descansara en paz, que de verdad me dolía su partida y le prometí que lo recordaría por siempre y que lo llevaría en mi corazón. Esa misma madrugada de nuevo lo volví a ver, parado frente a mi cama, silenciosamente y luego de un rato de verlo, me di cuenta en que su rostro no había ese gesto de angustia, en cambio se veía tranquilo. Luego de unos segundos se desvaneció ante mis ojos. Nunca más lo volví a ver en mi habitación o en el hospital y siempre lo recuerdo con mucho amor y nostalgia.

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional /Registrado en Safe Creative / protected by DMCA / Derechos de contenido reservados – Eduardo Liñán © 2017.

LA PACIENTE Relato basado en hecho reales

LA PACIENTE (#413 – 12/08/2017)
Relato basado en hecho reales contado por Dr. E. Martínez
Escrito y adaptado por Eduardo Liñán.

Hace algún tiempo, hice mis residencias en el Seguro Social. Los turnos que tenía en el área de cirugía eran demasiado agobiantes y muy demandantes, había días que pasaba sin dormir y aun así me ponían a hacer cirugías a mí a otros colegas y enfermeras. La demanda de los servicios médicos era enorme y el Seguro no tenía suficiente capacidad para atender a cientos de enfermos que día a día llegaban. Recuerdo que estaba en el turno cuando me tocó operar a una señora con un caso grave de quistes en el hígado. Era una operación complicada y tenía pocas probabilidades de éxito. Y así fue, la señora no sobrevivió a la operación ya que tenía muchas complicaciones además del mal hepático, recuerdo que eran las 2 am cuando la declaramos muerta en el quirófano.

Tenía mucho agotamiento y me preparé para irme y dejar todo al turno, ya me había pasado de mi hora de salida y tendría que volver en pocas horas. Después de firmar formas y papeles me dirigí al elevador para bajar al sótano, al entrar noté que había una joven de aspecto juvenil con una de las batas azules que les dábamos a los enfermos, supuse que era una paciente, tenía un aspecto pálido y enfermo, unas ojeras negras daban cabida a un par de ojos que se sumían en las cuencas de su cara. Iba descalza y eso aunque inusual no era extraño. Así que le comencé a hacer platica.

-¿Cómo está hoy? – le pregunté con ganas de iniciar una plática.
-Bien Doctor, ¿Ya termino? – Me respondió sin mirarme
-Si, gracias a Dios ya me retiro por hoy, tuve un día complicado
-¿Tuvo una operación?
-Si, ¿Cómo lo supo?
-Por ahí anduve
-¿Ah, es enfermera o paciente?

En eso el elevador se paró súbitamente en el quinto piso y las puertas se abrieron, vi que venía alguien caminando por el pasillo para el elevador y sentí una corriente eléctrica recorrer mi espalda hasta los pies, inmediatamente toqué los botones para cerrar la puerta del elevador y aplané varias veces para que bajara; el elevador comenzó a funcionar y sentí alivio.
-¿Por qué hizo eso doctor?, esa pobre señora venia aquí –Me recriminó la joven sin mirarme a la cara.

-No me lo va a creer pero a esa señora la acabo de operar y falleció hace una media hora –Le respondí con temor y con asombro.
-muy mal, doctor –repuso la joven.

Sentí un poco de vergüenza y me comencé a sentir algo culpable; pero ¿Por qué? ¿Por no dejar bajar a un fantasma o a una alucinación por el cansancio que llevaba?.
Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando el elevador llegó al sótano y me dirigí a la salida. La joven que venía conmigo se quedó en el elevador y me miro con una mirada de reproche y tristeza. En ese momento un pensamiento me invadió. La joven también había visto a la señora ¿Cómo era posible? Yo desde hacía algún tiempo tenía algo, una condición extraña que me hacía ver cosas y sombras, a veces personas y se recrudecía cuando tenía un agotamiento extremo como el que tenía en ese momento, no me impresiono tanto, no era la primera vez, solo era ver y ya. Nunca tuve contacto con muertos o cosas así, me negaba, era un profesional de la salud y por tanto esas cosas se contraponen a mi educación.

En eso pensaba cuando me encontré con una compañera enfermera y tenia claras señales de haber llorado.

-Que paso Mariana ¿Por qué el llanto? –Pregunté con preocupación.
-Mi hermana, ingresó en la tarde por una peritonitis y tuvieron que operarla, todavía no se como esta, no sé si ya terminó la operación, por eso voy a Cirugía a ver qué me dicen
-Ah, ya voy de salida, vengo de ahí, ingresaron a una paciente hace unas horas, ¿Cómo se llama tu hermana?
-Rosaura, mira esta es su foto.

En la cartera llevaba una foto de la hermana, no puedo describir el momento en que el piso se me tambaleó y una corriente helada me recorrió de pies a cabeza: la joven era la misma con la que venía en el elevador y con la que estuve platicando, momentos antes. Quise decirle a la enfermera que la había visto; pero ¿Viva? No, ella había fallecido. Le dije que no sabía y que mejor que fuera a cirugía a preguntar, después de eso me retiré a mi casa y descansé lo que pude, al regresar algo extraño ocurrió en mí, tenía dudas. Si en realidad las personas que veía por los pasillos del nosocomio eran en realidad eso o ánimas que rondaban por ahí, sin darse cuenta que habían muerto.

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ESPIRITUS Relato basado en sucesos reales

ESPIRITUS (#415 – 15/08/2017)
Relato basado en sucesos reales contado por: Perla Alcántara
Escrito y Adaptado por Eduardo Liñán.

Hace algún tiempo vivía con mi madre, siempre ha sido enfermera y en aquel tiempo trabajaba en el IMSS. Ella es “sensible” para ver y escuchar cosas raras donde no había presencia de personas. Para ella “la subida del muerto” era algo que le sucedía con mucha frecuencia y la mayor parte del tiempo se le manifestaban personas y conocidos que ya habían muerto por medio de sueños, para darle mensajes o presentarse ante ella de manera inesperada. Se embarazó de mi muy joven y nunca conocí a mi papá, al cumplir 16, nace mi hermano y nos vamos a vivir a un departamento que formaba parte de una casa grande acondicionada para rentar varios cuartos dentro de la misma propiedad.

Desde que llegamos ahí, sucedían cosas extrañas, eran ruidos raros, crujir de paredes y a veces voces susurrantes que se podían escuchar detrás delas puertas o en los pasillos obscuros al caer la noche. Lo más inquietante para mi eran los ruidos que se escuchaban a tempranas horas, en el techo de la casa parecía que alguien caminaba con pasos pesados y tacones masculinos, todo eso ocurría en el techo de mi habitación y apenas me daba cuenta los pasos parecían apresurarse y correr para el lado contrario. De la misma forma me despertaba el ruido de monedas o canicas correr por el piso. Lo más increíble era que la parte de arriba de la casa era una obra en construcción a la cual solo se tenía acceso por la parte de nuestro patio. Además de estar en total abandono, al principio pensaba que era un hombre el que subía pero luego de espiar y estar atenta a quien subía o bajaba me daba cuenta que en realidad los ruidos los hacía algo que merodeaba en el techo.

Con el tiempo hicimos amistad con los vecinos que Vivian en el departamento debajo del nuestro. Y luego surgió en una plática que a ellos también les pasaban cosas extrañas, La señora algo perturbada nos contó que en varias ocasiones había visto la sombra de un hombre con sombrero entrar al cuarto de sus hijas y desaparecía ahí, que de igual forma les aventaban objetos o estos mismos salían volado por el departamento empujados o arrojados por fuerzas invisibles. Causándoles impacto y terror; pero con el tiempo se acostumbraron por no tener a donde irse a vivir de la misma forma que nosotras y mi hermano. Al paso de los meses mi hermano empezó a caminar y el acostumbraba meterse a mi armario con sus juguetes y permanecía por horas encerrado en ese lugar, eso no era extraño, lo que era inquietante es que muchas veces lo escuchábamos platicar con alguien en el interior obscuro de ese closet y al abrir las puertas nos dábamos cuenta que no había nadie, solo la carita curiosa del niño al vernos asustadas. En este punto nos percatamos que los habituales ruidos y manifestaciones no eran tan aterradoras como el hecho de pensar que a mi hermano algo lo acosaba y solo a él.

Muchas delas cosas raras que pasaban le sucedían estando el solo y yo me pude dar cuenta de muchas al espiarlo de cerca. Lo que acabó por perturbarme fue una ocasión en que regresaba del super y llevaba a mi hermano en su carriola de tijera. Subí al departamento a dejar unas bolsas en tanto él se quedaba jugando en el patio, como me encontré a la vecina del departamento de abajo le pedí que lo cuidara y así lo hizo. Al bajar de nuevo entable una conversación con ella y de pronto algo nos llamó la atención. Vimos con detenimiento que mi hermano jugaba con su carriola dando vueltas por el patio, gritando alegremente y tratando de alcanzarla. El horror llegó a nosotras cuando nos dimos cuenta de un detalle: La carriola avanzaba sola sin que mi hermano la tocara. Casi al mismo tiempo gritamos el nombre de mi hermano y este al voltear a vernos con un rostro curioso, de la misma forma el objeto paró su loca carrera. Sin comprender que sucedía tan solo me subí con él al departamento y me encerré con el completamente desconcertada y asustada.

Como mi mamá trabajaba en las mañanas en el hospital, nos encargaba con la vecina y para evitar despertar al bebé temprano, compró un monitor que tenía 2 radios, para que a través de estos se diera cuenta cuando el niño despertaba, todo marchaba de acuerdo al plan. Sin embargo una tarde que llegué de la escuela, pasé a comer con la vecina y de pronto mientras tomaba una sopa escuché como el radio comenzó a hacer ruidos como de estática y luego alcancé a escuchar unas voces. Pensando que se había despertado mi hermano de su siesta vespertina, me paré para escuchar mejor y me coloqué el aparato en la oreja. Luego de un rato sentí una corriente eléctrica recorrer mi espalda cuando escucho la voz de un niño ya grande que hablaba con claridad y me decía algo que no comprendí. Sintiendo un terror absoluto, me aferró al aparato y salgo corriendo del departamento al mío para ver a mi hermano, pensando lo peor. Entre a su habitación y él estaba dormido plácidamente, lo tomé de su cuna y me bajé con él a la casa de la vecina y temblaba de miedo sin querer decir nada.

Pasó el tiempo y cuando el cumplió 3 años yo quedé embarazada, era época de vacaciones y estaba a punto de dar a luz por las mismas fechas. Yo dormía en el cuarto de mi mamá y mi hermano tenía su camita también en la habitación. Cierta madrugada un ruidito me despertó y entre la obscuridad vi que se levantó como lo hacía cada noche para irse a dormir entre nosotras. Y de la misma forma rodeaba la cama para subirse. Al verlo, lo que hacía era hacerme a la orilla para se metiera entre mi mamá y yo. Aun estaba entre dormida y despierta y sentí que pasó mucho rato al no sentir que no se subía a la cama, levanto la cabeza y lo busco entre la obscuridad, al ver que estaba paradito al pie de la cama le digo que se acueste con nosotras y en eso escucho un ruido que provenía de su cama y al mirar veo que mi hermano sigue dormido y haciendo ronquidos infantiles, sentí que la sangre se me helaba y no quería voltear a ver qué era lo que estaba al pie de la cama y tan solo me acomodé en la almohada y comencé a temblar, al poco rato me quedé dormida.

Al día siguiente le conté la experiencia a mi mamá y ella muy calmada me dijo que en efecto un niño andaba por ahí y que se le aprecio entre sueños diciéndole su nombre, que estaba por irse y que había pasado por la casa, sin ninguna intención. Entonces recordé que a ella la siguen mucho los muertos y casi siempre me contaba acerca de sus experiencias en los pasillos del hospital, ella percibía que no todas las personas que andaba ahí estaban vivas y además de eso podía ver algo aún más siniestro y era un espíritu vaporoso que rondaba en varias áreas del hospital, no era como las otras almas, esta en cambio era de un vapor negro y que casi siempre la veía en los lugares donde la gente habitualmente dejaba de existir, no quería especular; pero estaba segura que era la muerte la que andaba por ahí. “No todos los fantasmas son buenos” siempre decía cuando llegaba asustada o cansada de que la tocaran o le hablaran todo el tiempo y siendo enfermera aquello tan solo de pensarlo era una locura porque estaba expuesta a toda clase de ánimas que intentaban entrar en contacto con ella. De tal manera que todas esas cosas con las que ella convivía de tanto en tanto la seguían hasta la casa y con la misma se iban tras ella. No había otra explicación para lo que nos sucedía en el departamento. Hace dos años que nos salimos de ahí, yo me fui a vivir con mi abuela y con ello las manifestaciones desaparecieron en mi vida y ella está por casarse e iniciar una nueva vida. Al platicar con ella me ha dicho que ya no la molestan; pero aun percibe en menor medida a las personas que mueren en el hospital. Por alguna extraña razón intuyo que eso no es verdad.

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